Maestro del humor negro y lo sobrenatural. Versátil redactor de cuentos, fábulas y reflexiones varias. Ambrose Gwinet Bierce goza, muy a pesar suyo, de un quisquilloso registro de sus actividades durante los setenta años que le tocó vivir sobre este vetusto planeta al que tanto despreciaba. Y como una ácida ironía, esas que desperdigo en tantas páginas, aunque se lo considera uno de los mejores autores de su tiempo, no es el primer apellido que nos viene a la cabeza cuando enumeramos a los grandes narradores norteamericanos del siglo XIX como Poe, London o Twain.
Algún documento perdido en el tiempo ubica su nacimiento el 24 de junio de 1842, en una humilde cabaña de Horse Cave Creek, en el condado de Meigs, Ohio. Siendo el noveno hijo de un excéntrico agricultor que prefería echarse a leer poesía, antes que dedicarse al intensivo labrado de sus tierras, el absorto pequeñuelo forjó desde la infancia un odio compulsivo hacia su familia.
Asqueado de la pobreza que lo rodeaba, intenta huir de tan miserable entorno, ingresando a la Escuela Militar de Kentucky con apenas diecisiete años. Los alborotados acontecimientos sociales lo obligan a participar en la cruenta Guerra de Secesión Norteamericana (1861-1865), donde cae gravemente herido en la Batalla de Kennesaw. Tras recuperarse, marcha hacia San Francisco y comienza a escribir mordaces columnas políticas para los periódicos Argonaut y News Letters, hasta llegar a 1871, año en el que se suceden numerosos hechos trascendentes para el autor. Aparece su primer relato en el Overland Monthly, contrae matrimonio con Mary Ellen Day y se afinca temporariamente en Londres. Si bien se desconocen los motivos de semejante mudanza, consta su participación para las revistas Fun y Fígaro con artículos y relatos varios.
El destino, el dinero, o los constantes reclamos de su esposa, lo traen de regreso a San Francisco, a comienzos de 1876, para colaborar nuevamente como jefe de redacción del Argonaut y Wasp, además de encargarse de una columna para el Examiner del célebre William Randolph Hearst —magnate periodístico padre del amarillismo e inspirador del Citizen Kane de Orson Welles—. En esa misma época comienza a gozar del reconocimiento de sus pares y años más tarde publicaría In the midst of life (En medio de la vida, 1891), el primero de sus libros, donde narra principalmente historias de soldados, la mayoría con desenlaces decididamente crueles, ambientadas en la Guerra Civil Norteamericana. Es justamente a este libro en particular que muchos señalan, apresuradamente, como el más logrado de su obra. Lo cual significaría dejar de lado los ejemplares relatos de índole sobrenatural reunidos en Can such things be? (¿Puede ocurrir esto?, 1893), o el mordaz contenido de Devil´s Dictionary (El Diccionario del Diablo, 1906). Todas esas páginas despliegan una vitalidad envidiable, donde el autor plasma su fatalismo implacable. Haciendo uso de una escritura escueta y precisa. Ajustándose al esquema del relato tradicional, y narrando situaciones cargadas de violencia. Cubriendo varios estilos, donde lo siniestro y el desprecio absoluto hacia la raza humana siempre se hacen presentes.
Su maestría reside en comprender al horror como algo innato al hombre, nunca lo cuestiona, simplemente lo evidencia en su magnitud más cotidiana.
Pero tanto prestigio editorial, no le reportaría una vida placentera. Una cruel jugarreta de la muerte —aquella que le paso tan de cerca durante la guerra— se llevó casi simultáneamente a sus dos hijos ya adultos, uno víctima del alcohol y el otro herido mortalmente durante una riña. Obviamente, tanta desdicha culminaría en la separación de su mujer, después de dieciocho años de felicidad esquiva.
A comienzos del siglo XX, cuando ya tenía setenta y un años, fue atraído por la recién horneada Revolución Mexicana y partió hacia las tierras de Pancho Villa en 1913 para luego desaparecer sin dejar rastro, como esfumado en el aire. Desde ese instante, sus andanzas mexicanas y sus narraciones desconcertantes han permanecido como una fuente inagotable de relatos paralelos para creadores que van desde H.P. Lovecraft a Rod Serling o Alfred Hitchcock, incluso su incierto destino final inspiro a Carlos Fuentes y Luis Puenzo.
Tiene algo de sentido, dada la obsesión del autor por las desapariciones misteriosas. Obsesión que lo llevo a publicar unas intrigantes historias, a mitad de camino entre lo periodístico, lo científico y lo narrativo, donde pormenorizaba casos reales en los que varias personas desaparecían bajo condiciones inexplicables.
El amargo autor yanqui elaboro —para retrucarle a quien lo quisiera, o por el puro placer de especular— una osada teoría donde menciona la existencia de un espacio con más dimensiones que el ancho, el largo y la profundidad. Una suerte de dimensión paralela. Afirmando que dentro de nuestro mundo visible hay lugares vacíos, agujeros a través de los cuales objetos animados e inanimados pueden caer hacia un mundo invisible y no ser vistos u oídos nuevamente, dado que, dentro de esa cavidad, donde impera el vacío absoluto, no se darían ninguna de las condiciones necesarias para la acción de alguno de nuestros sentidos. Si algún ser viviente sufriera la desgracia de ocupar sitio semejante —y según Bierce varios la han sufrido—, no podría vivir ni morir, porque tanto la vida como la muerte son procesos que pueden tener lugar solo donde hay fuerza, y en el espacio vacío no puede existir ninguna fuerza.
¿Debemos suponer, entonces, que el amargo escritor permanece suspendido en una de estas cavidades huecas, o que sus huesos descansan en algún ignoto lugar, bajo la árida tierra mexicana?
Ustedes deciden.
Gabriel Álvarez
Nació en 1973, en el oeste de la provincia de Buenos Aires.
Trabajó en televisión y en publicidad como guionista y redactor para Walt Disney, National Geographic, Warner/Discovery y Paka Paka.
También hace correcciones y transcreaciones y cuando puede, ofrece sus servicios al mejor postor.


