Invento un jardín que no tuve y me fotografío
bajo un tolde de cielo
Paulina Vinderman
A nahuel
1
La leyenda de Ganesha es bien conocida. Shiva, dios de la destrucción, se encontraba en el monte Kailash en una meditación profunda. Mientras tanto, Parvati se encontraba sola y acechada por demonios y, para poder bañarse, moldeó a Ganesha con barro y la suciedad de su cuerpo. Ganesha nace de la materia de la tierra. Parvati le dice a Ganesha que se quede custodiando la puerta y que le impida el paso a cualquiera que intente entrar. A los pocos minutos llega Shiva de su largo viaje, y se sorprende al ver a un niño que le impide paso. Shiva, sin dudarlo, le corta la cabeza. Cuando Parvati sale del baño y ve tal atrocidad, se enfurece tanto que convoca fuerzas devastadoras que empiezan a arrasar el mundo. Todos son devorados por un viento oscuro que se va expandiendo alrededor de los árboles y levanta la tierra, formando un oscuro remolino donde el fuego se hace presente y todo empieza a arder; el cielo se abre en dos y los relámpagos atrapan todo a su alrededor. El mundo tiembla y solo quedan segundos para evitar la destrucción total. En ese instante Shiva le dice a Parvati que va a traerlo a la vida, y le ordena a su séquito divino que traigan la cabeza del primer animal que esté mirando hacia el norte; es así que traen la cabeza de un elefante y Shiva se la coloca al niño que yacía sobre la tierra y, mediante su energía vital, le devuelve la vida. No solamente se trata de un acto mágico, sino de un reconocimiento, una restauración del vínculo. Ganesha es un dios que vive en una infancia eterna; por eso, creo yo, es el patrono de la sabiduría, la inteligencia, las artes y la poesía.
2
Rilke dice que la patria del poeta es la infancia. Hace unos días, un amigo me contó que le preguntó a su hija de cinco años qué superpoder le gustaría tener y ella le dijo el de la tierra. Él le preguntó por qué y ella le contestó que para poder poner flores en todas partes. Pensaba que la casa es el espacio donde un niño ve en grande; allí todo sucede más allá de lo que nosotros podemos ver.
Este fin de semana largo fui a visitar a mi amigo a Chivilcoy y, además de la hermosa anécdota sobre su hija, me dijo que, mirando el jardín, se dio cuenta de que las arañas y las abejas tienen una rivalidad, que un día vio una avispa arrastrando a una araña y, al día siguiente, vio cómo una araña capturaba a una avispa. Mientras me contaba esto, se acercaron dos jilgueros amarillos al jazmín que estaba contra el alambrado y me dijo que suelen venir durante la mañana.
¿Cuántas cosas suceden en un jardín?
Desde que me mudé a la ciudad dejé de tener un jardín; tengo unas plantas en mi minúsculo balcón, con una red blanca por donde pasan las hojas que quieren desplazarse hacia su origen. Mi jardín es tan ficticio como mis recuerdos: se van transformando con el paso del tiempo. El jardín que más recuerdo es el de la casa de mi infancia. Recuerdo a mi abuela en cuclillas sacando la maleza y plantando la alegría del hogar, flores violetas con blanco en el centro, algunas rosadas, otras blancas; también recuerdo levantar la cabeza para ver cómo se extendían las rosas hacia el cielo: eran una mancha al lado del sol, cerquita de las nubes.
Mi abuela era fanática de las rosas; cuando murió, en su tumba mi padre plantó un rosal que hasta el día de hoy sigue creciendo. El jardín de mi abuela murió con su partida. Pero lo llamativo es que las plantas del jardín todavía siguen creciendo en mi memoria.
3
Los jardines se nutren de historias. Una vez, el carnicero de al lado de mi casa me contó que una señora señaló mi balcón, que está en el primer piso, y le dijo que seguro allí vivía alguien con muchas historias por la belleza de las plantas. El jardín se alimenta de nuestras ilusiones, de nuestros deseos repentinos de hacer eterno lo pasajero, de nuestra forma de mirar el paisaje, que es este, pero también es aquel que, por alguna razón, hemos dejado. El jardín también se alimentó del abandono, de historias que han quedado disueltas en frio del invierno, besos pelados de luz, abrazo al borde de lo inexpresivo, lágrimas que todavía mojan las pestañas; de todo se adueña la tierra. Una planta florecida es una historia que nunca termina de ser contada.
4
Si llueve, todo es posible. La tierra mojada desprende un aroma que se llama petricor, del griego petra, piedra, e ichor, fluido de los dioses. Este olor se debe a una bacteria de la tierra que se dispersa por el aire cuando apenas una gota toca el suelo. Este olor no son solo minerales secos ni aceites vegetales acumulados en el aire es también un recuerdo permanente que nos une con lo que supimos ser, con lo que somos, con nuestra infancia, con la tierra.
Emiliano Pérez
Nació un día nublado en Ingeniero Maschwitz. Es Farmacéutico. Publico dos poemarios, Insomnio (Halley Ediciones, 2021), Diccionario para amantes (Halley Ediciones, 2020). Es un apasionado del cine y de las palabras.


