La vida con Proust

Recuerdo haber memorizado, en aquel lejano invierno de 1967, un párrafo referido a los nenúfares, las amapolas y los manzanos de la parte de Méséglise

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La vida con Proust

 

El primer contacto fue una biografía escrita por André Maurois: "À la recherche de Marcel Proust". Muchos años antes, mi madre me había leído, con su voz profunda y pausada, algunos fragmentos de "Por la parte de Swann", que, desgraciadamente, no encontraron eco en mí (hay que decir que por aquel entonces yo tenía ocho años, y la literatura de Proust, aquel vasto edificio de corredores inabarcables y habitaciones innumerables, superaba mis posibilidades de comprensión). Recuerdo, eso sí, haber memorizado, en aquel lejano invierno de 1967, un párrafo referido a los nenúfares, las amapolas y los manzanos de la parte de Méséglise; párrafo que todavía acompaña mis noches desveladas de hombre adulto.

Por alguna de aquellas bienaventuranzas con la que a veces nos favorece la vida, pocas semanas después de haber concluido el libro de Maurois encontré, en una librería casi desvencijada, un volumen de "Un amor de Swann" en la antigua traducción debida a Pedro Salinas. El estupor que siguió a la primera lectura del libro (todavía recuerdo el marco: mi departamento de soltero con la lámpara velada sobre la mesa de luz y los retratos de Borges a poca distancia de la cama) hizo que inmediatamente comprendiese que, para mí, el universo cambiaba (y en esto, la literatura era el principal agente afectado) su sentido, algunas de sus formas, y, por qué no decirlo, el sendero a recorrer en los años venideros.

 

 

Durante los siguientes dos decenios leí la integridad de la obra de Proust (sin olvidar sus juveniles "Les plaisirs et les jours" y "Jean Santeuil"; el excepcional "Pastiches et mélanges" y su controvertido "Contra Sainte-Beuve") en casi todas las traducciones al español existentes por entonces (Pedro Salinas y Consuelo Berges para Alianza Editorial; Carlos Manzano para Lumen; Mauro Armiño para Valdemar, y Estela Canto para Losada), comparando formas, modismos y hasta interpretaciones lexicográficas en la gran variedad de ediciones. Mis habituales ejercicios memorísticos enfrentaron, entonces, el mayor de los desafíos: poder recordar párrafos de hasta trescientas palabras con multiplicidad de oraciones subordinadas, giros desusados y lenguaje "hors concours", que, en el modo proustiano, eran frecuentes y casi de uso necesario. 

 

Comenzaba para mí (como sucedió y sucede en los miles de lectores sistemáticos de su obra) un viaje diferente: las analogías entre la naturaleza y las concreciones del arte; el lenguaje particular y hasta el mismo y singular pensamiento propio a cada uno de los múltiples personajes de su obra; las descripciones detalladas y sin respiro de cada objeto, cada ser y cada una de las emociones; el delicado fulgor que tiñe todas de las intenciones creativas y los hallazgos, convertían, poco a poco, al gran "palacio" proustiano en un sitio propicio para un recorrido sin final, y con objeto, un poco a la manera de aquellos mundos que, de niños, supimos irreemplazables y singulares. El refinamiento de Robert de Saint-Loup, las ocurrencias y el sentido mordaz y lascivo en el Barón de Charlus, la exquisitez y el sentido de supremacía social en la duquesa de Guermantes, el esnobismo torpe y vulgar en Odette de Crézy, el sentido agudo y salaz en el pintor Elstir, la timidez anhelante y dual en Gilberte, las primitivas y altaneras maneras de Madame Verdurin, la singularidad, en suma, de formas y sustancia en cada uno de los personajes de la obra nos parecen pertenecer al mundo de la experiencia más próximo y sólido. Así también el amplio orden de la naturaleza y sus manifestaciones: las ninfeas y majuelos en los estanques que forma el Vivonne, el soplo del viento sobre el cielo de la aldea de Roussainville y las golondrinas prontas a levantar el vuelo desde los olmos del bosque, y que, a manera de camafeos pintados en una tela inconmensurable, imprimen sus pequeñas figuras en el fondo tornasolado de su escenario. Eso fue, es, y será Marcel.

 

Proust para mi vida. "El viaje (valga el lugar común más acertado y pleno) valió y vale la pena".

 

 

Juan Basterra

Nació en La Plata, Buenos Aires. Es profesor de Biología. Publicó Tata Dios (2018) y El amor y la peste (2019), novelas históricas que se convirtieron en muy poco tiempo en éxitos literarios. Ambas editadas por Bärenhaus.
Su novela La cabeza de Ramírez fue seleccionada para la Antología bilingüe español-inglés 12 narradores argentinos 2016-2017, editada por el Ministerio de Cultura del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Vivió en París y Barcelona. Actualmente reside en Resistencia, Chaco.

 

 

Juan Basterra
Fecha1/7/2026
Tiempo de lectura1 min
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