Tampoco lo asombraría
Saberse vencido y muerto…
Le pareció ver su rostro nuevamente, como en la tarde de la víspera. Pero ahora era el sueño, no el reflejo suyo en la oscuridad callada de la casa vacía, lo que le devolvía la mirada impávida. La piel curtida, renegrida por el Pampero frío y seco que azota desde el sudoeste… También la cicatriz, que él veía sin sus manos por vez primera, atravesando la mejilla izquierda desde donde acaba el ojo hasta el mentón anguloso: la cicatriz marcada por un filo que casi signó una cierta pelea en su contra, alguna noche en la que corrió el cebil dulzón hasta el hartazgo, una noche cuyos demás detalles ahora lo eludían… El borde del quillango, también, ya algo privado de sus tintes de guanaco, ahora una mezcla de grises más o menos claros, más o menos oscuros.
Sabía que era el sueño por eso, porque había en esta ocasión menos colores, menos matices que en donde se viera el día antes; del mismo modo lo sabía porque las imágenes —las de él, las de sus expresiones (no de asombro; más de aceptación), las de sus rasgos—, todas las imágenes se movían en una rara bruma que iba y venía, que se diluía nomás intentaba precisar la mirada. No estaban fijas como las primeras, que lo imitaban en ese igual inconmovible.
Tan sólo en otro lugar le había pasado que una superficie lo mirara a su vez mirándose en ella: a la vera del agua, en la laguna grande. Y esto sucedía tan sólo a veces, incluso, era únicamente en días claros que pasaba. Pero esta otra agua no se agitaba con los vientos, era inmóvil. Y, a pesar de la semipenumbra del cuarto aquel, no se necesitaba más que una tenue claridad para que hubiese allí enfrentados dos de él mismo.
A la mañana siguiente, cuando apenas ya clareaba el alba, decidió retornar al desatendido rancho. Lo aguijoneaba el reflejo soñado. No lo movía ninguna de las formas de la codicia, sin embargo; él no sabía nada de eso. Sus razones tenían más que ver con lo que nosotros llamaríamos dignidad: aspiraba a que su palabra pudiese apoyarse en aquel objeto nuevo e imposible. Estaba entonces solo, y quería volver a ser dos junto al otro al que era idéntico. Quería acompañarse (y acompañar sus dichos) con el prodigio que había visto, que lo había visto a él a su vez, el que se le apareció luego en su mente del sueño. Pero sus razones eran igualmente afines a las de cualquiera, y tenían que ver —si no con la vanidad, que no conocía— sí con la natural curiosidad humana. Quería volver a ver su cara repetida, buscarse en el reflejo.
Partió enseguida. El sol de frente, que lo había acompañado todo el largo camino hacia las casas, se veía inmóvil en lo alto cuando él finalmente llegó al lugar.
Había visto ya el día antes la puerta, y entró. Había visto el día antes el patio con su aljibe, y lo atravesó. Recordaba la pieza; el catre, el banco, la pared en donde se hallaba el objeto de su deseo.
Con sumo cuidado lo descolgó.
Tenía ahora consigo la renovada posibilidad de ver de nuevo a su doble, aunque ahora podría hacerlo cada vez que quisiera, y esto lo contentaba. Eso fue lo que el objeto hizo por él.
Montando a pelo, comenzó a desandar el camino de vuelta tierra adentro, hacia a los toldos. A poco de alejarse, no obstante, la tormenta interrumpió el regreso, y la lluvia fuerte y fría, y el agua oscura, y los rebencazos del viento inclemente, le hicieron cansados los pasos a su caballo, lo que es lo mismo que decir que así lo sintió él. ¿Sería acaso su carga, aquello que celosamente llevaba con él, lo que le pesaba? ¿Sería tal vez que intuía su fragilidad más de lo que llegaba a apreciar su magia? Lo cierto es que sintió que la distancia que mediaba entre la vasta llanura frente a él y su retorno con los suyos no era tan mansa como cuando la traspuso esa mañana, no: intuyó que era ahora vasta y antigua, y que presagiaba sucesos que él no comprendía.
Buscó refugio bajo un ombú y se guareció ahí mismo hasta quedarse dormido, porque ya los elementos no los laceraban ni a él ni a su caballo, y porque cualquier amenaza potencial del viaje parecía ir diluyéndose poco a poco, y más profundamente cada vez, en las aguas y en el momento. Así exhausto, se hundió en otra conjetura.
Creyó que soñaba una vez más, y creyó acercarse de nuevo a su reflejo. Pero no llegó a verse a sí mismo esta vez.
Justo entonces, una partida de hombres de un fortín cercano alcanzó también este mismo lugar, el lugar en donde él dormía inmóvil y buscaba al otro. La desatada violencia de la naturaleza escondió los pasos de los hombres aquellos. El disparo certero y canalla de un Remington se perdió igualmente en la inclemencia del tiempo.
—Mire, mi Sargento —le dijo un impreciso soldado a otro igual a él, mientras los dos saqueaban las pocas pertenencias del asesinado—. ¿Qué cree que haría el infiel éste con un espejo?
Martín Pomter (Buenos Aires, 1977)
Estudió Lengua y Literaturas Inglesas en la UNLP (Universidad Nacional de La Plata), en donde además cursa actualmente la Licenciatura en Sociología, así como la Licenciatura en Comunicación Social.
Fue publicado en revistas digitales como “Extrañas noches”, “Burak” y “Sarabatana”. Su relato Familiar recibió mención honorífica en el Concurso 2024 de Cuento Argentino de la Revista argentino-mexicana “Gambito de Papel”, y fue publicado en la newsletter de febrero 2025 de la revista. Su cuento “Los dos infieles” fue seleccionado para publicación en la Convocatoria de Cuentos Telúricos “Esquejes”, de Editorial Funga 2024, y publicado en la antología Esquejes, de Funga Editorial (Chaco-Santiago del Estero, Argentina), en abril 2025.
Su primer libro de poemas —siguiendo una interesante reflexión de George Bataille sobre el erotismo— se titula Un mero desvío. Está trabajando en su segundo poemario.


