Objetivismo y espiritualidad

Poesía es lo que ocurre afuera, y el poeta es un mero y fortuito testigo del misterio

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Se nota a la legua cuando una obra, un libro o un poema tienen espesor espiritual. No me refiero a que sus temas sean de corte místico, aunque en algunos casos la espiritualidad sí vaya ―o pueda ir― de la mano del misticismo. Me refiero a la espiritualidad como la sobrevida afantasmada que deja el poema en nosotros, a lo que nos hace, a ese tipo peculiar de experiencia. Hablo de poemas en los que se ve al autor de cuerpo entero, en los que se capta una atención distinta, y en algunos casos excesiva, construida desde la práctica de la religión secular de la poesía y por el oficio de la escritura. Estos poemas brillan por contraste, se distancian del promedio normativo de la poesía de hoy por su intensidad, por el modo en el que hacen que la experiencia poética sea también una vía de la revelación. En esos poemas no importa tanto qué se revele, sino cuál es la posición del yo poético ante lo que nombra.

 

En un ensayo titulado Balada del yo disminuido, Fabián Casas recupera algunos nombres del objetivismo marxista norteamericano, en el que la ética y la política se amalgaman en una cosmovisión que, aunque parezca estar en las antípodas del haiku, se le asemeja bastante. En Experimento con una rata, dice Carl Rakosi: Cada vez que rozo ese resorte/ suena una campana/ y un hombre sale de una jaula/ diligente y perspicaz/ como nosotras/ y me trae queso.//¿Cómo cayó/ en mi poder? Como vemos, ante el protagonismo del objeto –resorte, campana, hombre, queso–, que concretiza las relaciones sociales y los modos de producción del sentido, el yo poético que se retira, que cede espacio, gana en espesor. Al limar los bordes yoicos, nos aproximamos al éxtasis del mundo, que se revela en el sentido. En este caso, el sentido exhibe al científico como una rata de la rata. El poema se cifra en el extrañamiento que produce ver el mundo cotidiano al revés. Y, por supuesto, su carácter político se ve en la denuncia explícita de los modos de opresión del sistema.

 

Con los mismos recursos, los grandes cultores del haiku tradicional hacían algo muy parecido, pero componiendo, en general, un paisaje, un elemento y una estación. ¿De qué habla el haiku si no de una ética budista de la contemplación, en la que la cualidad efímera de todo lo que existe se muestra como el Ars poetica de la realidad, funcionando más allá y más acá de lo humano? Las cosas no son, devienen; y el poeta que las ve es incapaz de retenerlas si no las deja ir. Esta formulación es paradójica, pero solo en el desasimiento se consigue escribir sobre lo permanente. Del mismo modo en el que el yo del poema de Rakosi cede espacio a lo que ve, casi sin mostrar pliegues interiores, el haigin, el maestro consumado del haiku, deja que el mundo se abra en su poema.

 

Hay un haiku que me encanta de Basho, que dice: Año tras año/en la cara del mono/ la cara de un mono. Lo traigo a colación porque hay otro animal y porque el enrarecimiento es similar. ¿Quién es el que ve un mono en la cara del mono? El dispositivo perceptivo explota las posibilidades del sentido con una economía insuperable. El contexto, que es puramente temporal, sin referencias espaciales, habilita no sólo la lectura literal, sino también la metafórica: la reversibilidad de ese yo disminuido muestra también los rasgos homínidos de una cara humana. De nuevo, pero esta vez en otra tradición, vemos cómo el poema es instrumento de conocimiento, casi un koan.

Algo parecido ocurre en la poesía de nuestro gran Joaquín Giannuzzi, para quien la poesía es lo que se está viendo. En ese verso memorable, Giannuzzi condensa la tarea del acto poético a la vez que labra el acta de fundación del objetivismo argentino. Lo que hace es sutil. No se trata de representar lo que se está viendo, ni siquiera se trata de escribir lo que se ve. Poesía es lo que ocurre afuera, y el poeta es un mero y fortuito testigo del misterio.

 

Mientras escribo este ensayo pienso que me parece tentadora la idea de una fe objetivista. Al lado del adagio no ideas but in things, de W.C. Williams, podemos poner Basuras al amanecer, ese gran poema de Giannuzzi. Los dos comparten la sensibilidad del haiku y están a un paso del fideísmo ateo. “Esta madrugada, en la calle/ dominado por una especie/ de curiosidad sociológica/ hurgué con un palo en el mundo surrealista/ de algunos tachos de basura./ Comprobé que las cosas no mueren sino que son asesinadas./ Vi ultrajados papeles, cáscaras de fruta, vidrios/ de color inédito, extraños y atormentados metales,/ trapos, huesos, polvo, sustancias inexplicables/ que rechazó la vida. Me llamó la atención/ el torso de una muñeca con una mancha oscura,/ una especie de muerte en un campo rosado./ Parece que la cultura consiste/ en martirizar a fondo la materia y empujarla/ a lo largo de un intestino implacable./ Hasta consuela pensar que ni el mismo excremento/ puede ser obligado a abandonar el planeta.

 

Me pregunto cuánto tienen que ver hoy la poesía y la espiritualidad; si hay un género literario capaz de vehiculizar un aprendizaje de mundo que no resulte panfletario; si la forma canónica del poema no esconde un mecanismo sutil de captación de todo lo que se pierde, de todo lo que importa; si los grandes poetas no son cazadores de piezas únicas; si aprender a escribir poesía no es aprender también a mirar lo importante; si las cartas del vidente de Rimbaud no apuntan a esto; si los versos que los jóvenes se siguen tatuando no dieron con verdades universales, con el modo absoluto de expresión del sentido, que tanto se nos escapa: ¿qué pensás hacer con tu única salvaje y preciosa vida?/ Un hombre dormido es un dolor que descansa/ La esperanza tiene las rodillas nítidas: sangran/ Miramos el mundo una sola vez, en la infancia. El resto es memoria. / La palabra es el único pájaro que puede ser igual a su ausencia/ Y sin embargo el sol/ Si digo pan, ¿comeré? / Vengo de comulgar y estoy en éxtasis.

 

 

Joaquín Vazquez

Es profesor y licenciado en Filosofía por la UNRC. Publicó los poemarios La voz en los maderos (Ed. Cartografías, 2016), Observaciones sobre las plantas (HD Ediciones, 2020) y Golpes en la puerta (Kintsugi editora, 2024); el libro de cuentos El nacimiento de un genio (Trench Editora, 2019); el libro-álbum ¿Qué es una criatura? (Ed, Cartografías, 2021); y Crónicas de infancia (Kintsugi, 2018/2022, dos ediciones). Dicta talleres literarios y coordina la Escuela Federal de Escritura

 

 

 

Joaquín Vazquez
Fecha1/9/2025
Tiempo de lectura1 min
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