Uno decía: ‘El verde es desmesura’. El otro, ‘Derrumbe es, no desmesura’. Y así siguieron. Al final, uno de los dos, no me acuerdo cuál, dijo: ‘El mundo no es lo que está de este lado del alambre. Tampoco lo que está del otro lado. El mundo es solo el alambre’—soltó otra carcajada—. Si te querés sacar un poeta de encima, ponele acá mirando el monte y él solito se entretiene. Horas puede pasarse parado acá, sin mover una uña, pensando sus pavadas
En Kurepa (La Crujía), la última novela de Martín Sancia Kawamichi, las historias proliferan, trepan y te envuelven como la vegetación de Arroyos y Esteros, el espacio mítico y exuberante en el que se aventuran una estudiante de filosofía y su pareja para conocer a un misterioso médico y veterinario, el “doctor doctor” Gorgonio Riera Brites. La novela narra el enfrentamiento mental entre la estudiante y el doctor, la lucha de la mujer por comprender un mundo extraño y amenazante y por escapar de la amenaza física que representa el médico. En un lugar que desborda de vegetación y animales sorprendentes, de personajes excéntricos y rituales, vibra un monte que susurra, del otro lado del alambre, una oscura amenaza. “No es gratis para nadie ir hacia el otro lado, ¿verá?”, dice el doctor. “El que sobrevive al otro lado, ya nada tiene que hacer del lado de acá. Muy malo es lo que le espera”. Con la excusa de la publicación de la novela, ganadora del primer premio del FNA en 2023, conversamos con Sancia Kawamichi sobre su visión de la literatura y del oficio de escritor.
Hablemos primero de Kurepa. Asocio la novela con el terror psicológico, con el gótico rural y con una exploración del monte paraguayo, el folklore guaraní y las tensiones familiares. ¿Recordás la idea germinal de la novela? ¿Fue una imagen, una pregunta, un personaje, un suceso?
El punto de partida fue una charla que tuve en Paraguay con una payesera y su marido. Ellos me contaron la historia de un hombre que murió fulminado por un rayo que pegó en la bombilla mientras tomaba un tereré. Ese fue el punto de partida. La novela no va por ahí, pero desde que hablé con esa pareja ya no pude parar de escribir.
No es tan común que un escritor construya una protagonista que estudia filosofía y que se muestra competitiva con los personajes masculinos. ¿Cómo llegaste a este personaje?
No hubo una búsqueda. Ese personaje apareció en la primera frase (que no es la que quedó en el texto definitivo) y decidí seguir esa voz a ciegas, sin pensar.
La novela tiene una atmósfera opresiva y alucinatoria. Transcurre en un pueblo tropical en el que la naturaleza ronda lo monstruoso: árboles que se desligan de las taxonomías conocidas, gallinas que ladran, bichos que se meten en la boca, enfermedades, malformaciones y cuerpos muy castigados. ¿Qué lugares tenías en mente cuando armaste este Arroyos y Esteros?}
Arroyos y Esteros existe, y yo pasé allí cerca de un mes. La primera versión de la novela la escribí allá, en Paraguay, así que los lugares que tenía en mente eran, justamente, los lugares en los que estaba escribiendo.
¿Te parece que Arroyos y Esteros llega a convertirse en un personaje?
En realidad, los espacios en donde desarrollo las historias juegan siempre, en mi cabeza, como personajes, y ese es el tratamiento que les doy. Me gusta que el espacio cambie, que tenga misterios, que pueda ser molesto, distraído, injusto, idiota, autodestructivo, jocoso, etc. Eso es lo que intento.
En la novela jugás también con muchos términos en guaraní y hasta se percibe en la lectura que toda la novela está “mareada” por el habla paraguaya. De hecho, el título original de la novela era E’a. ¿Por qué elegiste la palabra kurepa como título?
La decisión del título la tomamos conjuntamente con la editorial. El problema con “E’a” es que se trata de una exclamación que si no se pronuncia como la pronuncian los paraguayos, pierde mucha gracia. Kurepa es como le dicen en paraguay a los argentinos cuando se tiene confianza. Hay un modo más agresivo, kurepi, que significa “piel de chancho”, y que viene de la época de la guerra.
En una conversación entre la protagonista y el “doctor doctor” veo una descripción del argentino desde el punto de vista del paraguayo. Él dice: “Para los kurepa todo es claro. Si nosotros viéramos las cosas con tanta claridad, nunca les tendríamos que haber perdonado la Guerra de la Triple Alianza, ¿verá?”. ¿Era tu intención proponer esta visión a veces despectiva del argentino?
En realidad, ese personaje, el Doctor doctor, tiene una visión despectiva de muchas cosas, no solo de los argentinos. Mi intención fue que desplegara sus desprecios con cariño, y que ese cariño le diera cierta impunidad.
Diría que la novela viene a fuego lento hasta que se desborda en una escena impensada. Además, como en otras novelas tuyas, algunas pequeñas historias aparecen encapsuladas en conversaciones, lo que provoca también un ajuste del ritmo. ¿Cómo fuiste graduando la velocidad de la narración?
Intenté seguir el ritmo de lo que me rodeaba. Hubo cierto zumbido que no dejé de escuchar todo el tiempo. Obviamente, era un objetivo imposible, ridículo, pero ese fue el camino que tomé.
Más allá de la trama y tomando en cuenta que en la novela se materializan los pensamientos de Wittgenstein, Nietzsche y otros filósofos, ¿qué preguntas te hacías cuando ibas desarrollando la trama?
La pregunta fue: ¿de qué lado del alambre estoy?
La novela transitó una metamorfosis desde el premio del FNA y esta publicación en La Crujía. ¿Nos contarías cómo se fue dando ese cambio?
Fue muy intensa esa metamorfosis. Cuando me contactaron de La Crujía, les di la primera versión, que tenía 100 páginas menos. Fue fundamental el trabajo con Sabrina Sosa, que además de una gran editora es de familia paraguaya, y eso me dio una confianza tremenda. Hasta unos minutos antes de mandar todo a imprenta, estuvimos haciendo cambios significativos. Hablo en plural porque fue un laburo conjunto. Ella sugirió cambios y frases que mejoraron muchísimo lo que yo había entregado. Estoy muy agradecido de su trabajo.
Imaginá que pasan veinte, treinta años y tu libro se incluye en una materia de la facultad de Letras. ¿En relación a qué tema o a qué autores o movimientos te parece que podría leerse?
Me gustan los encasillamientos, y me gustaría quedar encasillado como escritor peronista.
A los escritores consagrados se les suele preguntar por sus rutinas de trabajo, por su método de composición, por los bloqueos. ¿Qué aspecto de la vida del escritor te resulta más complejo?
No soy un escritor consagrado ni mucho menos, pero puedo decirte que me resulta complejo todo lo que tenga que ver con la difusión de las obras publicadas. Me cuesta mucho manejar redes, grabar videos, salir en fotos. No quiero decir que no me guste, pero me resulta complejo manejar la ansiedad y la timidez ante cualquier mínima exposición. Por eso es importante, para mí, que la editorial se haga cargo de la difusión, porque yo solo no puedo.
¿Y si hoy pudieras hablar con un Martín que se inicia en la escritura, qué le dirías?
No creo que al Martín que se inició en la escritura en la década del noventa le interesara seguir los consejos de alguien tan mediocre como soy ahora. Supongo que, si se diera ese encuentro, me quedaría hablando solo como un gil.

Kurepa arma un mundo en el que hay lugar para lo inquietante, lo sobrenatural, las relaciones interpersonales, la filosofía, la belleza. Cada oración, cada escena da testimonio de una búsqueda estética plena de rigor y de goce. Los artículos críticos que califican la escritura de Sancia Kawamichi recurren a adjetivos como “brillante” y “exquisita”. Ha sido una sorpresa para mí que, después de obtener tantos premios y ante una opinión de la crítica así de unánime, en nuestra conversación apareciera un escritor que no solo se confiesa –y se muestra– tímido, sino además tan consciente del límite, de lo que cree no haber logrado. El “doctor doctor” dice, dice mucho en el libro, y entre las cosas que dice, dice: “Si un europeo se descuida un segundo, nuestro paisaje le come un brazo”. La literatura de Sancia Kawamichi hace algo similar: hay que leerla esquivando la caricia que, si te emboca, te arranca la cabeza.
Sobre el autor
Martín Sancia Kawamichi nació en Buenos Aires, en 1973. Estudió cine y literatura. Publicó, dentro del género infantil: Breves historias de animales sabrosos, engreídos, enamorados, malditos, venenosos, enlatados, tristes, cobardes, crueles, espinosos… (y otras historias) (2009); Los poseídos de Luna Picante (Segundo Premio Sigmar de Literatura Infantil y Juvenil 2014); Todas las sombras son mías (Primer Premio Sigmar de Literatura Infantil y Juvenil 2017); Cosquillas en la oscuridad (2018) y La parte escrita del mundo, junto a Martín Blasco (2024). Es autor de Hotaru (Primer Premio en el Concurso de Novela Negra BAN!-Extremo Negro 2014); Este pálido mundo mío (2018); Sugøkusë (2019); Malsana (finalista del Premio Clarín de Novela 2021) y Ukiyo (finalista del Premio Fundación Medifé FILBA 2024), entre otros.
Susana Ibáñez
Nació y vive en Santa Fe. Se ha especializado en Literaturas y Culturas Comparadas en la Universidad Nacional de Córdoba, donde obtuvo su doctorado con la tesis Variaciones en el policial negro: el deseo del héroe y la infelicidad en la cultura (2013). Ha publicado cuatro libros de cuentos: Por íntima convicción (Premio Juana Manuela Gorriti, Salta, AVH, 1999), La vida al ras del suelo (Premio Provincia de Córdoba, Córdoba, Letras y Bibliotecas, 2018), Aprender a flotar (Moglia/Ojo lector, 2022) y La solidaridad de los extraños (Vera Cartonera/UNL, 2024). Publicó dos nouvelles, La aguja en el ojo y Me verás volver, bajo el título Te juro que es por tu bien (Palabrava, 2020; Pro Latina Press, 2021; Ápeiron, 2025). Ha publicado dos novelas, en 2021 Mientras vence afuera la sombra (Palabrava) y en 2024 Fuerza de amarre (De l’aire). Coordina talleres de narrativa presenciales y virtuales, clínicas y acompañamientos de obra. Desde 2021 coordina de manera voluntaria un taller de literatura en la Unidad Correccional IV de mujeres. Organiza, junto con Alicia Barberis y Mercedes Bisordi, el ciclo Lecturas en las callecitas desde 2020, y con la Biblioteca Domingo Guzmán Silva el Encuentro de Escritores de la Costa desde 2022, ambos en San José del Rincón.


