Invisibles

"Invisibles" es un cuento del libro homónimo publicado en 2023 por Remitente Patagonia.

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Las baldosas de la escalera todavía estaban calientes esa noche. Las rejillas largaban el olor de las cloacas que se mezclaba con el de la orina en la pared. El motor de los acondicionadores y el canto de los grillos se fundían en el silencio. Algunas ventanas estaban cerradas. Los vecinos dormían, y los que no, atendían sus quehaceres nocturnos: el desahogo marital, el de amantes, el solitario. En las pocas ventanas iluminadas se podía espiar la figura de un noctámbulo tirado en el sofá, matando el tiempo. De vez en cuando se escuchaba el tren. El silencio, los motores y el canto de los grillos se encimaban con el rechinar de las ruedas en el riel y el ruido que estallaba cuando saltaban los vagones sobre los durmientes. La bocina de la locomotora perforaba el corazón del barrio; lo abrazaba.

Martín parecía desmayado en un rincón. Estaba tirado entre la pared que daba al fondo del descanso y las rejas del pasillo. Así resumía el día; lo complicado que era terminar entero. En la mano derecha tenía el faso encendido. La última tuca ardía entre sus dedos, y en el resplandor de la brasa, se escapaba de la soledad, esa que se le prendía a la espalda como una garrapata. La mano izquierda apretaba el caño de la baranda y sostenía el resto de su cuerpo. Para Martín, la rebeldía era también aguantar y no quebrar. Sentado enfrente estaba El Riky. Escondido en la oscuridad, su cara eran ojos y dientes que sobresalían cuando la luna los iluminaba y el brillo le dibujaba una sonrisa. Entre las piernas tenía la botella de plástico que le había robado a los pibes antes de irse de la esquina. Una mezcla de lo que había sobrado. De a ratos, Martín y El Riky tragaban de ese veneno y se reían.

El día de Martín había sido largo. Se despertó tirado en el mismo lugar donde iba a dormir. Caminó unas cuadras hasta la estación. Necesitaba el baño y tomarse el café con leche que le regalaba el playero. Después buscar el tacho que escondía detrás del poste del alumbrado. Ahí guardaba el pomo de detergente, un pedazo de tela vieja y su secador.

Cuando desaparecía el tacho, se sentía una mierda. Tenía que volver a juntar todo, otro tacho, otro pedazo de tela, y caminar la calle pidiendo monedas para comprar el secador. Un tacho vacío y un pedazo de tela, para el que tiene trabajo, es nada. Para Martín era un día sin comer.

Después de buscar el tacho, se paró en la esquina. En el reloj de la fábrica eran las diez. A lo lejos, el horizonte era un espejismo que escondía el infierno de la calle. Las flores del cantero se derretían como plástico en la estufa. Flores rendidas sobre la gramilla seca.

La mañana avanzaba sobre el día, coqueteando entre dos dimensiones. Una era la del lado infernal del vidrio, en el semáforo donde Martín y otros se calcinaban; y la otra, la de los que están en la pecera cómoda, frescos. A Martín le tocaba convencer a los que juzgan la vida desde atrás de un vidrio, gente que mira sin ver y se apiada sin sentir.

Muchas veces, cuando apoyaba el secador en el parabrisas, adentro se agitaban brazos. “No me toques el auto, flaco”; el grito se repetía en un rulo interminable.

—Ey, Tincho, ¿te enteraste que lo largaron al Ricky? —Martín escuchó al Gordo Madox, que le gritaba la noticia.

—¿Qué hacés, Gordo? ¿Cuándo salió? —Martín se acomodó los anteojos de sol en la frente y le dijo a un tachero que la escobilla de su limpiaparabrisas estaba gastada y dejaba vetas en el vidrio.

—Sí, loco, salió ayer. Con los pibes nos enteramos hoy. Que garrón se comió. No sabes cómo está. ¿Lo abran curtido de novia?

—Qué se yo, Gordo. Dejá de decir giladas y dejame laburar, que hoy, culpa del paralítico trucho, no hice ni para los fasos.

El paralítico trucho era el Pecho. Se había plantado al lado de Martín. Usaba la silla de ruedas de su vieja. Le clavaba una caña con una bandera argentina, y se ponía una boina y una campera, para hacerse pasar por veterano de Malvinas. A la vieja la dejaba toda la mañana tirada en la cama. Ella no decía nada porque después compartirían el vino.  

—Qué cagada —dijo el Gordo Madox—. Vos tendrías que salir a paquetear con el Joni, che. ¿Querés que vengamos con los pibes y lo agarremos al Pecho a patadas en el culo? De verdad, boludo. Lo levantamos con silla y todo y lo tiramos a la mierda. Fue. Que se vaya a hacer el veterano a la concha de su madre.

—Dejá de decir boludeces, Gordo. Primero, con Joni no comparto ni el colectivo, y segundo, el paralítico mañana vuelve a su parada. ¿Vamos a hacer algo para El Riki?

—Eso te venía a avisar, boludo. Esta noche, con los pibes, en la esquina, le damos la bienvenida. Un poquito entre todos y a la mierda. Yo tengo pasti.

—Dale, Gordo. Después nos vemos. Ah, Gordo, si lo ves al Gatito, decile que me lleve lo mío.

—Listo. Si lo veo, le digo. Nos vemos más tarde, Tincho. ¡No te hagas el gil vos, paralitico de mierda! ¡Trucho! —gritó el Gordo Madox mientras se iba.

—¡Gordo! ¡Avisale a La Romi! —le gritó Martín.

 

Al Riki Lo habían largado y en el barrio era como una religión festejar cada vez que alguno volvía. Se armaba joda y se la pegaban en la pera hasta reventar. Muchas veces se charlaban viejos rencores y terminaban a las piñas, o con algún apuñalado y otro en la comisaría. Nunca hay un lugar lejos de la muerte cuando nacés sentenciado. En el mundo pocos somos libres, y de esos, muchos son verdugos. Martín lo sabía. La vieja murió de cirrosis cuando él era chico. Al viejo lo acribillaron en un ajuste de cuentas. Martín estaba acostumbrado a vivir una vida de mierda, tener menos derechos que un perro y ver a la gente hacerse invisible, a los pibes morir como moscas, accidentes, sobredosis, tiroteos. Quedaban murales con fotos y pintadas en el paredón de la esquina. Nada más. Después, el tiempo se encargaba de borrarlos. Martín prefirió vivir del limosneo de limpiar vidrios. Se conformaba con pagarse los vicios. Vino, faso y algún gramito los fines de semana. Morir un día buscando vivir y morir mil días por miedo a morir un día es lo mismo.

Martín vivía con eso de saber que no iba a formar una familia como las de la tele o como las que frenan en el semáforo y que veía felices mientras les limpiaba el vidrio de prepo. Tenía prohibido el amor. Pero le quedaba el instinto de sentirse importante para alguien. Sentir que vivía y no pensar que era solo un pedazo de carne que respira y lucha por sobrevivir. Estar vivo, para Martín, era ser un árbol sin hojas.

Pero El Riki había salido. Su mejor amigo, su pierna. El pibe que lo acompañó al entierro de su viejo, el que conoció a su novia, la única, y el que le dio lugar en su casa hasta que los rajaron a los dos pisaba el barrio. Martín sintió la felicidad.

El Riki se había pasado ocho años adentro. Robo. Un celular. Se la juntaron con tenencia y el robo de la garrafa de la vecina de al lado, de cuando todavía era menor. El Riki pagó por ser pobre. El defensor oficial, para sacarlo, le pidió plata. “Para gastos”, le dijo, y “para adornar al fiscal”. Pero El Riki y la familia no tenían ni para comer. Se pasó ocho años en cana. Los pibes dijeron que “perdió por boludo”.

A las seis de la tarde, Martín se fue de la esquina. Nueve horas parado al lado del semáforo, aguantando el sol y los “no me toques el auto”. Le quedaron tres cigarrillos y trecientos pesos para un sándwich de miga y un Toro en caja. Si el Gatito cumplía, le sumaba un Popeye.

Caminó para el lado del barrio. Los pies eran de cemento. El pantalón le bailaba y lo dejaba casi desnudo cuando se agachaba. La remera se le pegaba a las costillas. En los sobacos tenía la mancha amarilla del cansancio. La mirada en el piso. Desde chico se acostumbró a caminar buscando. Los brazos le pesaban, y los hombros se iban para abajo, como queriendo tocar el suelo. La existencia lo aplastaba; pero Martín iba contento.

Cuando cruzó la ochava levantó la cabeza. Se quedó parado, mirando. El árbol de la esquina tapaba a medias a los pibes. Ya estaban ahí. Se reían y tomaban. Marcelito había conectado el bafle en la puerta de su casa. Estaba todo listo.

Martín, lo único que quería era verlo al Riki, después de ocho años. Entre los pibes apareció una figura conocida. Estaba arruinado, flaco, con la espalda toda doblada. Tenía el pelo deshilachado y arratonado. De la boca le salían dos dientes gigantes y nada más. Tenía un short. Las piernas parecían sogas. Finas, largas. Las rodillas, dos nudos. De lo flaco, parecía un bulto sin sombra. El Riki era un hombre apolillado.

Martín llegó hasta donde estaba la junta, y con la energía al límite se abrió camino entre los pibes. Se paró frente al Riki y lo miró a los ojos. Quería encontrar al pibito que se había ido ocho años atrás. Fueron segundos que no pasaron, pero parecieron minutos, horas y nada, destiempo.

—¿No me vas a saludar vos? —le dijo El Riki a Martín cuando sintió la incomodidad de ser observado.

—¿Cómo estás, loco? ¿Ya te dieron algo para fumar?

—Sí. Estoy bien, ¿y vos? ¿Te enteraste que murió mi hermano?

—Sí, guacho, me enteré. Fue un bajón eso. Los pibes no pudieron hacer nada. ¿Ya sabés dónde vas a parar?

—No sé todavía. Mañana veo. Che… ¿la viste a La Romi? Me llegó la data de que el hijo más grande de ella es mío. ¿Vos sabés algo?

Martín se quedó mirándolo. No habló.

—Me volví loco. Los días no pasaban más. Imaginate tener un hijo. ¿Qué hago con un hijo?

El Riki y La Romi habían empezado a curtir unas semanas antes de que él cayera preso. En aquel momento eran dos pibes a los besos; pero él la quería desde primer grado.

—Algo me enteré. Pero… lo tienen que arreglar ustedes. Además, La Romi se casó y el loco se hizo cargo de todos los pibes. El paraguayo, ¿te acordás? Pero… No sé. Fijate vos.

 

Martín no podía creer que hablaba con su amigo. Los ojos de El Riki se le clavaban duros en los suyos como queriendo que encontrara en su mirada un rastro del pibe que se fue. Pero solo veía a un hombre frágil, que había estado escondido del mundo, detenido en el tiempo. Riki buscaba las respuestas que se había hecho diez años antes, sin caer en la cuenta de que el tiempo es como un río de mierda, turbio y oscuro. Quería encontrar las cosas tal cual las había dejado, como le pasaba a Martín con su tacho, que también, de vez en cuando, se hacía invisible.

—Pasame la jarra, Joni. ¿No ves que salí con mucha sed? —dijo El Riki entre una risa forzada que inventaba un paisaje diferente, pero que en el fondo era el mismo.

—Te extrañé —dijo Martín entre dientes y con la alegría que no podía demostrar. No se creía preparado ni quería sentirse feliz. La felicidad lo llenaba de culpa, y la culpa lo ponía triste. Siempre es mejor evitar.

—¿Por qué nunca me fuiste a visitar? ¿Sabés una cosa? Deja, mejor no digo nada…

—Decime, boludo— murmuró Martín, que extendió los brazos a los costados. Levantó la cabeza. Expuso el pecho entregado. Siguió—: ¿A ver? Hablá. No te guardés nada —miró el suelo, bajó los brazos y dio un paso atrás— ¿Qué querías que haga?

—¿Vos sabés la que pasé yo? ¿Sabés lo que es estar encerrado? Me convertí en más rata de lo que ya era. No me acuerdo de la última vez que la puse. No pude despedir a mi hermano y no me acuerdo de su voz. Todos se abrieron de gambas. Mis viejos se hicieron los pelotudos, pero… yo creí que podía confiar en vos.

—Perdoná, Riki, ¿vos te creés que yo la pasé bien? Si ya sabés cómo es acá afuera. Cuando vos te fuiste, me quedé solo.

—Pasame la jarra, la concha de tu madre –gritó El Riki.

—Bueno… Llegó la frutilla del postre —dijo Ezequiel frotándose las manos y riéndose burlón.

—Ey, Romi, ¿qué onda con El Riki? ¿Le vas a decir la verdad? Dale… no te hagas la boluda. Si el guachín es igual, feo y con cara de gil. Ojo con El Riki que trae la leche acumulada. Ahora te puede hacer mellizos.

—¿Qué decís, Gordo? Dejá de hablar giladas y dame un trago. Hola, Riki no le des bola a estos giles —dijo La Romi.

 

Fue un saludo de mierda. El Riky no se la esperaba. Se había imaginado el rencuentro. Había imaginado a La Romi a oscuras, a La Romi en el abrazo, a La Romi en las escaleras, a La Romi en la ducha. Se imaginó a La Romi durante ocho años, en la cama del penal, mientras se manoseaba.

La verdad era que El Riki quería verla a La Romi. Cuando le dijeron que tenía la libertad empezó a imaginarse el momento en que se iban a encontrar. Se imaginó el abrazo, los besos y las ganas de salvarse juntos. La verdad era otra.

La Romi había seguido, porque la vida es así. Las cosas no pueden parar por las ganas de tener un amor o de sentirse cómodo un momento. La vida viene, trae y se lleva personas, pensamientos y recuerdos. La muerte es lo único que frena y dice que no hay nada más que hacer. Por eso nos acordamos de los muertos con la cara, la edad y la sonrisa de cuando se murieron.

A los meses de que a El Riki lo encerraron, La Romi se encontró el embarazo, y viviendo de prestado. El viejo se había vuelto a juntar, y como a su mujer nueva no le gustaba compartir la casa con La Romi, eligió tirar a su hija a la calle. Todos sabían que le iba a durar poco, pero al viejo de La Romi no se le movió un pelo por dejarla en la calle y con un embarazo de un mes o dos. Así conoció a su marido, y así se enganchó con la droga. El tenía un quiosco que La Romi atendía por una ventanita. Ahí transaban. De vez en cuando se ponía a probar. Después venían los problemas. Se peleaban. La Romi cobraba, pero daba también. Alguna noche tenía que ir a dormir con los hijos a la casa de alguien o a la estación. Cuando al paraguayo le bajaba la resaca, la iba a buscar. El amor duraba una semana. Difícil para La Romi, pero sus hijos tenían padre, un techo y algo que comer. Para la escuela no alcanzaba.

A La Romi no le importaba verlo a El Riki o sacarlo del misterio de saber si era o no el padre de su hijo. La Romi quería tomar gratis.

La música estaba muy fuerte, las carcajadas y los empujones eran los de siempre, pero el ambiente era raro, porque a pesar de ser la misma esquina, con las mismas pintadas, las mismas caras, Martín se sentía diferente. Apretó la botella y le entró el mareo. La cabeza le daba vueltas, y en medio del amontonamiento, la música y las carcajadas, se sacó los lentes, lo miró a El Riki y sintió en sus ojos la desilusión.

A El Riki no le quedaba nada que lo hiciera seguir. Era como un barco en medio de un mar de gente bailando en una baldosa. Se llenó de amargura. Estaba solo. Martín se le acercó y le puso una mano en el hombro.

—Ya está, che. Ahora hay que volver a empezar — le dijo.

Las carcajadas se apagaron y el mural del paredón largaba destellos de luz que volaban como bichos por el aire. Las brasas de la parrilla.

—Te quiero, Tincho. ¿Vos sabés cuánto te quiero? No me queda nadie más.

Los demás estaban en la suya. La cosa era chupar y meter hasta no sentir, o mejor todavía, hasta que el cuerpo se llenara de alegría y explotara, y así olvidarse de los que faltaban, de lo que no tenían, de lo que estaban obligados a tener.

—Yo también te quiero, che. No sabés lo que fue estar solo acá afuera. Me convertí en… no sé qué —dijo mientras se metía en la lengua un pedacito del Popeye que le había traído el Gatito.

 

Lo dejó ahí, suspendido en la humedad de la lengua, y de a poco empezó a sentir cómo se desgranaba y los pedacitos que le inundaban la boca se movían generando un cosquilleo suave entre la lengua y el paladar. De a poco, ese hormigueo que sintió en la boca le hizo temblar los labios, bajó por la comisura que formaba la sonrisa, llegó al cuello, donde laten las venas que vomitan vida, y siguió camino hasta el pecho, erizando cada fibra. Los pelos de los brazos y todo el cuerpo reaccionaron, y el corazón le tembló. Sus piernas se movieron y los pies flotaron sobre algodón como si el mundo que conociera hubiera desaparecido. Apenas sentía las manos. Las apoyó en El Riki, que recibió con la boca abierta y sacando la lengua la mitad del Popeye que le daba Martín.

Una burbuja los separó del resto. Los pibes se fueron con el humo que salía de la parrilla.

El Riki y Martín, ahora sí, eran fantasmas flotando en el temblor de una ciudad inmóvil. El mundo quedó en silencio. El cielo se llenó de nubes grises y el pasado se quedó quieto en el mural de las ausencias. El Riki encontró el grafiti de su hermano. Sus ojos se empañaron y miraron inútiles, sin ver. La nebulosa se sintió lejana. Quería, pero no podía llorar, porque parado, cerca, estaba Martín. Quiso aguantar lo que sentía, pero fue tan grande, oscuro y constante que se le anudó en la garganta. Pudo soltar una lágrima, y una puñalada al pecho que le desangraba el futuro. El Riki sintió cómo su corazón se abollaba y el sentimiento que se aguantaba lo lastimaba. Fue cuando Martín, por fin, lo miró, su mirada lo abrazó, la luna se apagó y la soledad fue una fiesta. Se dieron cuenta de que La Romi se había ido. Importaba saber quién ya no estaba, porque lo que falta no te puede abandonar. Estaban ellos solos, en el mundo que fracasó en abortarlos.

Se miraron en una señal única. Se dieron cuenta de que no necesitaban nada más, y que a veces es necesario escupir en la cara de la ley, de todas las leyes. El Riki agarró la botella vacía y la cargó con todo lo que encontró. Acarició la cabeza del Toba, que se rascaba la sarna en un rincón, y caminó hacia las escaleras del edificio. Martín lo siguió en silencio, sabiendo que ya era hora.

Cuando escucharon el sonido del tren, estaban en el rincón de la escalera. Martín tumbado y sosteniéndose de las barandas, y El Riki sentado con la botella entre las piernas. El Riki tomó un trago del pico, se limpió los labios con el antebrazo y le ofreció a Martín la botella. Fue ahí que volvieron a cruzar miradas y se dieron cuenta de que se tenían. Martín se soltó de la baranda con la mirada fija a la cara del otro. Estiró el brazo hasta llegar a la botella que El Riki sostenía en el aire como en una ofrenda. Las manos se rozaron y Martín sintió tibieza, y un cosquilleo que empezó en sus dedos y se corrió a su pecho lleno de una sensación ajena. Era felicidad. El Riki se acercó y puso una mano en la cara de Martín, y le acarició la boca. Cerraron los ojos, y en la oscuridad sintieron la humedad y el calor en sus labios. Las lenguas se movieron buscando el principio y el fin de la palabra. Martín sintió en su espalda las uñas de El Riki que lo marcaban. Eran cuchillos y plumas que le hacían temblar el espíritu. El Riki se puso de espalda y mirando de costado se ofreció. Martín lo abrazó, y tímido apoyó su cuerpo. Sintió el temblor y la urgencia. La pasión empezó a derramarse a borbotones. No les importó nada más.

 

 

Este cuento pertenece al libro Invisibles (Remitente Patagonia, 2023)

 

Maira Rosso ganó la convocatoria de Poesía Ya (CCK). Fue semifinalista en el Concurso de La Balandra. Es instrumentadora quirúrgica. Escribe para la contratapa de Rosario/12 e Invisibles es su primer libro editado. Está trabajando en dos novelas y un poemario.

 

 

Maira Rosso
Fecha5/5/2024
Tiempo de lectura1 min

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