La fiesta de estar vivo

Acerca de “Obra poética” de Pablo Queralt (Barnacle, 2021)

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Veinte años de poesía, y el recorrido de una vida, un pensamiento, un modo de hacer, ver y sentir, es lo que este libro, suma de otros muchos, ofrece.

Los poemas de Queralt dan muestra de que la poesía puede ser y es un modo de estar en el mundo, una forma a la vez contemplativa, amorosa y reflexiva, de relacionarse con lo otro y con los otros.

Registro sensitivo de experiencias, lecturas, paisajes, amores, los diferentes libros abarcan un abanico amplísimo de temas y cuestiones: la infancia, el erotismo, el padre, el amor, pero también la música, el cine, los libros. La experiencia y el acto de poetizar se revelan entonces como un entramado profundo, a la vez lábil y creativo, de discursos, imágenes, sonidos, que se entrecruzan en el espacio del poema.

El poema es entonces esa dimensión en la que se da lugar no a un registro sino a una experiencia nueva: la experiencia de ese entrechocar de palabras que es un cruce de asociaciones, recuerdos y recorridos, palabras en expansión que buscan y encuentran, cada vez, su verdad y su libertad.

 

Verdad y libertad en indagación permanente porque el sujeto poético no parte de certezas, no se afirma desde ideas previamente concebidas, sino que se lanza a su propia realización. En ocasiones entonces el poema y el libro se despliegan como investigaciones en torno a núcleos, que son nudos de afectos, percepciones e ideas, y cada instancia se abre como una oportunidad cuya suma no redundaría en una totalidad cerrada sino en un abanico de modalidades de lo posible y su complejidad inabarcable: lo poético es el recorrido mismo por esas posibilidades. Así, por ejemplo, en El poema de la nieve, los poemas se suceden como una inquisición y un desarrollo creativo en torno a diferentes estados, iluminaciones, y formas de la nieve, y buscan explorar sus matices, armando un caleidoscopio en que a partir de imágenes relacionadas con este elemento se abre toda una visión del mundo. Sobre todo porque las imágenes, las referencias metafóricas, los pensamientos que se hilvanan en torno a cada poema, no son los habituales, de manera que la idea de nieve se llena de matices, al mismo tiempo que la nieve en su materialidad se revela como una lente que permite abrigar a su amparo un mundo, visto ahora con una mirada por completo renovada. Algo similar ocurre en Yo nací en un cine, y Opera, por citar otros casos. En ésta última no se narran óperas famosas, ni se rescatan sus personajes o historias o aún sus compositores; los elementos operísticos están tramados en la vida diaria de quien enuncia, como otras tantas mallas que configuran una experiencia entre lo cotidiano y lo artístico, y destacan su confluencia como potencia de lo musical. Hay que aclarar que no se trata de poemas eruditos, que exigirían determinados saberes del lector, no remiten a un conocimiento enciclopédico o una pertenencia cultural, sino que funcionan como otras tantas piezas del lenguaje que buscan alcanzar su objeto, y, al mismo tiempo, mostrar cuánto hay de lo tramado por la cultura en la determinación de una experiencia, y cuánto hay de la experiencia de cada uno en la percepción y apreciación artísticas, desde los productos de la alta cultura a los populares o masivos: el cine, el jazz, el tango, la ópera, la plástica, la literatura, las estrellas del cine erótico, la televisión, la cocina, entre otros.

 

En esta visión la poesía, o lo poético, es una inauguración de lo posible en la salida imaginativa, sobre todo si se tiene la capacidad de “Empezar cada mañana como si fuera una hoja en blanco o tabula rasa para experimentar con los ojos de un niño”. Entonces los ojos del niño son los que abren ese extrañamiento, y el poema pendula entre esa extranjería y lo conocido: va de la anécdota mínima, o la observación de lo cotidiano, o aún lo nimio o sin importancia, pasando por la percepción, a la imagen inesperada, el cruce con elementos artísticos, o el juego de lenguaje. Sorprende, así, siempre, y escapa a los rótulos de las escuelas poéticas, los saltea en un ejercicio de imaginación. Esto es lo que desborda: los saltos de tema, la yuxtaposición de imágenes, las sinestesias, lejos de la asociación libre, invitan a una reflexión y una búsqueda de la conexión, hacen saltar la chispa de lo auténticamente poético, al mismo tiempo que se reservan su autonomía y subrayan la libertad de decir. No es el guiño generacional, tampoco la velada referencia interna: es una invitación a disfrutar la riqueza de una experiencia, y la riqueza del lenguaje, que, en la visión del poeta, siempre volcado hacia su escritura como modo de habitar su mundo, se superponen. Así también los poemas, separados en ocasiones por numeraciones o signos tipográficos, o marcado su comienzo por el uso de negrita en las primeras palabras, pueden verse como un continuo, como chispazos que iluminan zonas adyacentes de sujeto y objeto, y los ponen en relación.

 

Tal vez su recurso más constante sea el salto temático y la yuxtaposición de imágenes, Estos saltos y yuxtaposiciones perfilan concordancias, y se transforman a veces en metáforas sostenidas, o redes de significaciones, o concentrados sensoriales que emanan en todas direcciones, desprendiendo una belleza sutil, una sorpresa que da lugar a una renovación de la percepción y de lo perceptible, y entonces un caballo entra en un mar de nubes, y la rompíente está hecha de silencio y de colores de la infancia, o, en una prosa sin signos de puntuación,  el yo es una piedra que es tiempo que se despliega y ruina y huella y reloj.

 

 

 

Cada poema, entonces. abre a conciencia, y propone un “momento entre paréntesis/ sostenido de aquella mano”. La poesía es la que arma y sostiene este paréntesis: de la vida cotidiana e inexpresada, pero también de lo ya dicho, ya visto, ya leído. Ese paréntesis es su lugar propio, es lo que le pertenece. ¿Qué busca con eso? Dar forma a una visión, pero también hacer del poema una ofrenda, y una invitación a desandar caminos y enfrentar con mirada renovada cuestiones tan esenciales como la infancia, los cuerpos, los paisajes recorridos, las relaciones, y hasta los elementos, como el agua, o los otros seres, como los pájaros y las plantas, que aparecen nombrados con minucia de ornitólogo y botánico.  Y es en ese mismo gesto que entronca con lo más entrañable de la literatura argentina, en ese su modo de instalarse en un lenguaje propio: no es gauchesca, no es tango, no es Arlt ni Puig, sino que los atraviesa a todos con su ubicuidad que lo lleva desde las sierras de Córdoba al mar, al canto del territorio nacional y sus especies, tanto como los tipos sociales y sus hablas características: acá un lunfardismo, allá un giro tanguero, y más allá uno folklórico, entran con naturalidad en el curso de los versos, con ese conocimiento y esa versatilidad propia del argentino culto. El resultado es delicioso, y el poema parece susurrar al oído lo diferente en lo conocido, hacer saltar lo que se daba por sentado, convocar un recomienzo.

 

Con el correr de los libros la poesía busca su perfección y se despliega desde sus inicios, más cercanos a una poética del verso y el poema muy breves. hacia otras formas; también explora la prosa, y encuentra su propia definición, como sorpresa pero también como persistencia en su modo de ser, en su hechura de un intersticio preciso entre la percepción, el pensamiento y la emoción, todo reunido por el poder de una imaginación activa. Atento también a lo que el cuerpo dice o dicta, a la percepción de matices de luz y colores, de reflejos sobre las cosas, de estados de la materia, de sonidos y modulaciones, resalta lo que está más allá, lo que se despliega del cuerpo y va hacia otra cosa, en la dimensión del deseo. Ese deseo, que, se podría decir, es el hilo que da unidad a todo el libro, como una tensión que dibuja la frontera indecidible entre el sujeto y los otros, o el sujeto y lo otro. Es la fuerza misma de la escritura y de la visión poética, que se inscribe, desde esta dimensión, en un vitalismo profundo y permite definir el poema justamente como el puente que el yo lírico tiende entre sí mismo, sus recuerdos y visiones, su lenguaje, y lo que lo excede y lo saca de sí, en un intento por apresar una realidad que, paradójicamente, está más allá del poema pero al mismo tiempo está configurada por la escritura. Para arribar, con clarividencia, a aquello que en Queralt es el movimiento inicial, la fundamentación del poema logrado pero también del acto de escribir como una actividad tan valiosa y necesaria como comer o dormir cada día:

 

la reconstrucción

del deseo en un ritmo

donde lo imaginario

y lo real cambian sus máscaras.

 

El oro de las palabras es parte ineludible de la vida desbordante; por eso levanta la palabra y su “dulce misterio”, pautado por silencios. El verso breve, a veces brevísimo, de una sola palabra, tanto como el movimiento hacia versos extensos en algunos poemarios, o la prosa poética, da cuenta de este compromiso, y los cambios rítmicos persiguen su verdad en la búsqueda, en cada caso, de una forma adecuada a su objeto, a la tensión de ese deseo y su dicción.

 

Sobre todo en los primeros poemarios, el ritmo, quebrado por lo general en el último verso, con un estilo muy personal, un hallazgo, funciona como un elemento que impone una relectura, al actuar como corte inesperado que propicia una reversión del sentido. Pero si el cambio rítmico parece anunciar un fraseo rotundo, en realidad funciona como factor fundamental del tono de indagación que está en la base de esta poética. Esto permite leer también lo novelesco bajo la poesía de la vida: el sujeto lírico cambia, se pueden seguir sus etapas, sus giros, sus cuestionamientos, que hacen a su condición poética, y que lo definen, desde el principio hasta el final, como sujeto poético, como aquel que ama las palabras. Y que permiten definirlo, a partir de una de las imágenes que aparecen en un poema, como

 

Ese hombre que lleva su vida

como una tabla

de ajedrez

bajo el brazo

ahora el tiempo y el espacio

es blanco para él

luego negro

se le cruzan palabras

 

La vida, y la poesía, están justamente en ese ir y venir entre un casillero y otro, en explorar sus diferencias, sus fronteras lábiles, sus semejanzas. Por eso puede decir: “Tomé la luz, el color, un/ tono, una palabra/ el gesto/ los arrastro en la noche” y nos arrastra con él en una lectura intensa.

Con esos materiales y la impronta de su estilo personal Queralt hace su poesía, escribe con el ritmo de esa respiración una historia personal que es también la pertenencia a una cultura popular y letrada, unos modos de decir, de hacer, de pensar, unos paisajes y su fauna; atento a los movimientos del mundo y del arte que lo circundan, se aferra a la palabra, la pone en duda, la ritma; levanta las banderas de la imaginación, pero una rigurosa, y se asienta, finalmente, en una certeza que es una apertura:

 

ese escribirse escuchando la llamada

la distancia entre yo y yo

la fiesta de estar vivo.

 

 

Sobre el autor

 

Pablo Queralt (Buenos Aires, 1955) Es médico y poeta.

Publicó: Cansancio de lo escrito (2001), La flecha de Agustín (2004), Un seductor mañana (2004), Primer paso (2005), Pueblo de agua (2006), Reescritos infinitos (2006), Coca (2007), Pájaros en palabras (2008), Late (2008), Crack (2009), Poema de la nieve (2009), Pavarotti (2009), Escribí mi nombre (2009), El padre (2010), 89 Golpes y un whisky (2010), Perfume animal (2011), Cocineros (2011), Jazz (2011), LaLeblan (2012), Aves del paraíso (2014), La piscina (2014), Ser y ser visto (2015), Raros sentidos (2017), Nací en el cine (2018), Ópera (2019), Biósfera del amateur (2020), Partes de la escena (2021) y Mi casa siempre fue la poesía (Barnacle, 2023).  Fue traducido al catalán y al italiano y sus poemas fueron incluidos en dos antologías de poetas de Buenos Aires. Es colaborador del suplemento cultural del diario El pregón de Jujuy y el diario Punto Uno de Salta y organizador del Ciclo Poesía en la Biblioteca.

 

 

 

Anahí Mallol 

Publicó: Postdata, 1998, Siesta, Polaroid, 2001, Siesta (Primer Premio del Concurso “Año 2000: Memoria histórica de la violencia en América Latina y el Caribe”), Óleo sobre lienzo, 2004 (Colección Chicas de Bolsillo, UNLP); Zoo, Paradiso, 2009, (premio del Fondo Nacional de las Artes), Querida Alicia, La Sofía Cartonera (2012), como un iceberg, Paradiso, (2013), (premio del Fondo Nacional de las Artes), Una ciudad, 27 Pulqui, 2016, Historias de amor no, Bajo la luna, 2021. Su libro de ensayos sobre poetas argentinos, El poema y su doble, Simurg, 2003, recibió el premio de la Fundación Antorchas. Tiene otro libro de ensayos, La poesía argentina entre dos siglos: 1990-2010.  Hacia una nueva lírica. 2016. EDULP. Poemas suyos han sido traducidos a varios idiomas. Colabora con revistas de poesía y de crítica literaria nacionales e internacionales con poemas, artículos de crítica, traducciones.

 

 

Anahí Mallol
Fecha16/6/2023
Tiempo de lectura1 min

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