Lunaciones

Cuento del libro "Nunca podemos descansar del todo" (Milena Caserola)

Foto de Lunaciones por undefined.

—La luna nueva me permite conectarme con mis otras vidas. Las pasadas y las posibles.

Eso dijo Viviana en nuestra primera cita.

—Venimos de múltiples vidas pasadas, pero también vamos hacia más, hacia el futuro —completó la frase.

Después dijo que era Virgo y que tenía su casa en no sé qué ascendente. Casi no presté atención a sus palabras. A mí lo de los signos nunca me interesó. Simplemente me había atraído, tan hippie como era. Ni bien la vi me gustó tanto o incluso más que en las fotos de la aplicación. La cara flaquita, los ojos almendra, el pelo enrulado hasta la mitad de la espalda, donde se le marcaban los huesos.

Me habló de las reencarnaciones de Buda y no sé qué creencias en China sobre un conejo que mezcla los ingredientes del elixir de la vida. La escuché en silencio, mientras ahondaba

con entusiasmo en temas astrológico-esotéricos. Después me tocó a mí. Apenas comencé a explicar sobre la consultora especializada en energías renovables, se distrajo acariciando un perro que pasaba.

Era verano; estábamos en la moderna costanera de Vicente López. Pero podría haber sido la de cualquier otro lugar, porque todas esas costaneras se parecen. La charla se fue escurriendo, despacio. Como si el propio calor se hubiera encargado de disolver nuestra conversación.

Sentí que yo también le había gustado. Aunque a mí no me interesaran los astros ni a ella la ingeniería. Bajo los rayos del sol, caminamos un rato en silencio a lo largo del río. Me fui animando a acercarme un poco más. Tenía los pezones erectos, que se le transparentaban bajo la musculosa blanca de algodón.

No existía nada más en ese momento. La caminata, la cercanía, el río.

Elegimos, las dos al mismo tiempo, la sombra de un árbol para sentarnos. Viviana desplegó un pareo sobre el césped. Nos acomodamos lado a lado, con una cercanía que vaticinaba más progresos. Abrió el bolso hindú, sacó el mate y lo preparó.

Empecé a acariciarle el pelo enrulado y ella entrecerró los ojos. Le di el primer beso. Sus labios carnosos me dejaron pasar enseguida hasta la lengua. Nos seguimos besando hasta que el sol se ocultó detrás de una línea difusa entre nubes.

Después, sin decir mucho más, guardó el mate, el pareo y caminamos hasta mi auto. Vamos a casa, dijo. Vivía por el barrio de Facultad de Medicina.

Dejé la Suran en el estacionamiento de Plaza Houssay. Por primera vez, subí al cuarto piso de la calle Azcuénaga. Era un departamento de dos ambientes, interno. Pero la poca luz me alcanzó para ver cada uno de sus tatuajes astrales. Debía tener mínimo una docena, desde los tobillos hasta la nuca, que fue exhibiendo sin pudor mientras la ropa caía alrededor del colchón en el piso.

Me fui de madrugada. Ya en el auto, volví a repasar las caricias y los tatuajes. Subí la rampa y volé por una avenida Córdoba desierta hasta Belgrano. Cuando me acosté, todavía llevaba impregnado el perfume a sahumerio.

Durante los días siguientes, nos fuimos entretejiendo con la misma simpleza con que Viviana desplegó el pareo en la primera cita. No hubo preguntas sobre vínculos anteriores.

No había pasado ni futuro, éramos pleno presente. Si empezaba a hablar de astrología, la besaba. Ella hacía lo mismo cuando yo me entusiasmaba con la sostenibilidad.

A las dos semanas de habernos conocido, me advirtió:

—Mañana, ingeniera. Mañana empieza la lunación, o sea el tiempo que transcurre entre dos lunas nuevas. Y, durante la luna nueva, seguro me logro conectar con otra vida.

Arreglamos la primera salida al cine, una comedia inglesa que acababan de estrenar, para el fin de semana. La pasé a buscar en el auto. Como en los encuentros anteriores, llegó riéndose. Me saludó con un beso de lengua, hacia las comisuras de la boca. Se acomodó la pollera hippie transparente y la musculosa blanca. Al pasar los cambios, veía el tatuaje que partía bajo el ombligo.

De repente, sin aviso previo, mientras el auto estaba parado en el semáforo de Córdoba y Pueyrredón, Viviana abrió la puerta. Se bajó, dio un portazo y echó a correr. La vi irse en dirección contraria al tránsito, hacia el Hospital de Clínicas; la pollera volando al viento, el morral sacudiéndose sobre la cintura.

Me quedé con las manos al volante, atontada. ¿Le habría molestado algo? Apenas habíamos llegado a intercambiar palabra. El semáforo abrió y tuve que arrancar. Dudé. ¿Estacionar, dar la vuelta, seguir? Paré el coche junto a un cordón pintado de amarillo, detrás de un contenedor de basura.

A los pocos minutos empezó a vibrar el teléfono en la guantera. No dio explicaciones y me pidió que la pasara a buscar. Me esperó sentada en el umbral de un edificio antiguo sobre avenida Santa Fe, casi Callao. Las piernas cruzadas en posición de indio, la espalda contra la pared.

Parecía triste, como si una parte de su ser se hubiera ausentado. Ya se había hecho tarde para la película. Me pidió perdón. Y dijo que durante la luna nueva se había conectado con una corredora compulsiva que tenía mucho carácter. O algo así le entendí. Me invitó a Azcuénaga. Y fui.

Viviana estaba segura de que la corredora se calmaría con el paso de los días. Sin embargo, no sucedió. Y entendí que, en cualquier momento de esa lunación de casi un mes, podía lanzarse a correr. Después me mandaba un mensaje para que fuera a buscarla. Solía esperarme sentada en algún escalón.

Me agota la corredora, es muy dominante, decía al subirse a la Suran. Se pasaba la mano por la frente transpirada y se peinaba el flequillo largo hacia atrás. Su atuendo hippie no había cambiado. El control no llegaba hasta ahí.

Las carreras sobrevenían cada vez más seguido. Desistimos del cine, del teatro. De nuestras caminatas junto al río. Porque, de golpe, salía disparada a toda velocidad. Recién volvía a encontrarla al rato, cuando me llamaba y la iba a buscar.

Empezamos a vernos en su casa. También ahí podía suceder que abriera de golpe la puerta del departamento y saliera corriendo. Incluso después de que diera fuertes alaridos, como solía hacer, proclamando un orgasmo.

Me quedaba a dormir en el colchón de plaza y media en el piso. Las sábanas se soltaban de las esquinas y se hacían un revoltijo. Me gustaba acariciarle los tatuajes, sobre todo el que tenía entre las tetas chiquitas. Me resistía a soltarla, dejar ir esa felicidad que iba a terminarse en cualquier momento. Verla manotear cualquier prenda para partir a toda velocidad.

No podía hacer nada. Solo esperar que volviera con la respiración agitada y las gotas chorreándole por la espalda. Porque, a pesar de su flacura, estaba fuera de entrenamiento para esas carreras repentinas.

Una mañana esperé durante más de una hora y no volvió. Me harté y salí dando un portazo, sin importarme si se había llevado la llave. Pensé que el sonido seco de la puerta era también el clac final de nuestros encuentros.

Por primera vez desde que nos habíamos conocido, pasaron varios días sin que tuviéramos noticias una de la otra. Pero ahí apareció ella en mi teléfono y empezó a escribirme, casi como al principio. Falta poco para la próxima luna nueva, trató de convencerme. Te extraño, ingeniera. Esta vida pasada ya se termina, te lo prometo, dijo. Seguro que ahora llega una vida más tranquila. Veámonos de nuevo, el fin de semana.

Nos encontramos entonces en la próxima lunación, le dije, olvidándome de todo y orgullosa de haber aprendido algo de su terminología. Sí, mi reina, me contestó.

Y así fue. Volvimos a citarnos en la costanera de Vicente López. Empezábamos a transitar otra vez un trayecto que ya habíamos recorrido. La miré. Se la veía resplandeciente, tranquila. Con un vestido corto de bambula.

Yo esperaba, expectante. Viviana me abrazó con su brazo fibroso de pulseras tejidas a macramé. Caminamos un rato. Todavía temía que saliera corriendo de golpe por la costanera, aunque no sucedió.

Tomamos unos mates rápidos, sabiendo que las dos queríamos Azcuénaga. Sin decir casi palabra, nos subimos a la Suran. Llegamos enseguida, apenas había tránsito. Estacioné en Plaza Houssay. Nos acariciamos mientras subíamos en el ascensor hasta el cuarto piso.

Abrió la puerta. Había prendido el incienso de benjuí para terminar de ahuyentar el espíritu de la corredora, dijo. El olor me hizo toser al principio. Sabía que me lo llevaría puesto, después, en la ropa. Igual que el recuerdo, por varios días, de sus dedos despojados de anillos, recorriéndome.

El calor también estaba encerrado en el departamento, pero no me molestó. Prendió un ventilador a los pies del colchón. Nos excitamos como antes y nos enredamos como nunca. Después nos reímos mirando la lámpara que colgaba de un cable del techo. A la medianoche se puso a cocinar fideos en una sartén grasosa. Los sirvió en dos platos de plástico con quemaduras de cigarrillo, aunque ella ya no fumaba. Tomamos de la misma taza una infusión donde flotaban varios yuyos. Esa noche preferí no quedarme. Al día siguiente tenía un viaje por trabajo a Neuquén. Me llevé la ropa y la piel impregnadas del benjuí.

Ni bien volví, me propuso ir a ver la película inglesa, que seguía en cartel. Ese sábado a la tarde la pasé a buscar. No hubo casi tránsito hasta el centro; estacioné a la vuelta del cine. Nos hundimos en las butacas incómodas de cuerina, demasiado petisas, del Lorca. Ella me acariciaba la pierna más cercana a la suya. O me rascaba la bermuda de jean. Y yo enroscaba sus rulos en mis dedos, le dibujaba los contornos de la musculosa.

La invité a una pizza en Güerrín. Pese a su diatriba contra las harinas, comió la napolitana con entusiasmo. Habló un rato del horóscopo chino, dijo que era rata. Y que yo era chancho. Que rata y chancho siempre tienen buenas vibras.

Cada una se extendía en su monólogo, sabiendo que al otro lado de la mesa esas palabras no encontraban demasiado interés. A las personas que pasamos mucho tiempo solas nos alivia hablar de lo que nos pasa, incluso cuando no nos escuchen.

Al salir de Güerrín dijo que, aunque no fuera visible, ese día al fin era luna nueva. Estacioné bajo Plaza Houssay. Caminamos hasta Azcuénaga. En el cuarto piso, el benjuí le había cedido su lugar al sándalo.

Hizo té verde, que tomamos a las apuradas. Estaba especialmente efusiva. Me desvistió despacio. También me quitó el reloj inteligente, del que se burló con creces. La desvestí. Nos acariciamos con todo el tiempo del mundo. Después prendió el ventilador y nos dormimos, húmedas, bajo la sábana suelta.

Me despertó el ruido de las paletas girando al pie del colchón y un pájaro que cantaba. Otra vez Viviana se había ido. Recorrí el departamento buscando una explicación. Me vestí con amargura. La puerta estaba sin llave. Salí al pasillo oscuro y largo; tampoco había certezas ahí. Tomé el ascensor hasta planta baja. Tuve que esperar un rato hasta que una vecina con un caniche me abrió la puerta.

Pagué la estadía. Subí al coche y tomé Córdoba. Olía a sándalo. Me detuvo el semáforo de Pueyrredón. Un limpiavidrios se acercó al Clio de adelante. Sería uno de tantos que piden monedas por el raro arte de dejarte el vidrio más sucio que antes. Insistió apenas, porque el conductor dijo que no. Y se alejó. Caminó hasta un grupito que estaba junto a la vereda. Me llamaron la atención los tatuajes en la espalda de una chica. Se puso de cuclillas, delante de un balde, el pelo en un rodete desprolijo.

Giró, se acercó a mi parabrisas. En la mano tenía un trapo celeste, que apoyó, chorreante, sin esperar aprobación alguna. Empezó a limpiar el vidrio. Me miró, como si nunca me hubiera visto. Se sacó el flequillo de la frente con la mano libre.

Después Viviana continuó pasando el trapo con movimientos circulares. Como si quisiera mostrarme que así giraba la Luna alrededor de la Tierra. Hasta alcanzar una próxima lunación.

 

 

Milena Caserola, 2025

 

 

Gabriela Mayer
Fecha5/5/2026
Tiempo de lectura1 min
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