Recuerda la tierra

Dos capítulos breves de la novela de Alicia Waisman que publicó Barnacle (2026)

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Alicia Waisman comienza “Recuerda la tierra” por el final: “Me enteré de su muerte a través de un compañero. Escribí y reescribí este inicio durante tres años, al menos. Lo daba vuelta, lo suprimía, volvía a insertarlo, lo cambiaba de lugar, nunca quedaba satisfecha. Y así con casi todo. Alguna vez dijimos que teníamos una historia. Acá está.” Con parsimoniosa letanía y en un registro sin altisonancias que enfatiza la expresión directa del habla, la novela da cuenta de la vida de dos personas que se enamoran a la vez que se proponen escribir un libro sobre el pasado malevo y feroz del protagonista masculino principal: los fantasmas de la historia nacional, léase los setentas y los resabios de una derrota generacional y política recorren ambas circunstancias ficcionales como un enigma que examina los límites de la representación textual. En su faceta más concreta el idilio que se narra transcurre en la clandestinidad (él, padre amantísimo y esposo ejemplar; ella, viuda, dramática y curiosa), con las añadiduras que ofrecen las redes sociales, la militancia y el carácter siempre peligroso del amor y sus aspectos prácticos; como en todo hecho en el que se cede a las debilidades del corazón o a la astucia del sentido, emergen el anhelo y la esperanza mediante las cuales ejercer actividades tan humanas como mirar, tocar, desear; y también el sobreentendido, la complicidad y el encubrimiento. Los protagonistas ya pasaron las seis décadas en el tercer planeta del sistema solar y si algo aprendieron es la clave sentimental, la nobleza rebelde que conllevan ciertas experiencias: no se vive ni antes ni después.

 

Alberto Cisnero

 

 

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I

 

Me enteré de su muerte a través de un compañero. 

Escribí y reescribí este inicio durante tres años, al menos. Lo daba vuelta, lo suprimía, volvía a insertarlo, lo cambiaba de lugar, nunca quedaba satisfecha. Y así con casi todo. Alguna vez dijimos que teníamos una historia. Acá está. 

Empecemos por el principio.

Me llevó mucho tiempo reponerme de la muerte —en un accidente— del señor que amorosamente me había acompañado los últimos años. Pasados la sorpresa, la incredulidad y el dolor, me dije que quizás había llegado el momento de salir a otear el horizonte. 

Así lo encontré.

Navegando al azar por las redes sociales vi un par de ojos verdes que me hablaron desde una foto pequeña. Pullover negro, la cabeza apenas inclinada, el pelo entrecano, una barba bastante prolija, y esos ojos verdes que me llamaron. 

Busqué entrar en contacto con él, estaba decidida a convocarlo: le escribí. Sería la primera vez en que haría valer mi deseo por un hombre; hasta ese momento solo me había dejado seducir. Como no tuve respuesta en breve lapso, cerré la computadora y me olvidé del asunto. Mientras tanto, tomé un café con uno, un vaso de vino con otro, un té con un tercero en una helada tarde de invierno. Todos descartados. No es que pensara en él, no. O al menos, no me daba cuenta. 

Mi vida seguía adelante: las clases, el arte, las amigas, mis hijos.  Hasta que por fin  —ya casi ni me acordaba— escuché un eco. Los ojos verdes por fin respondían.

Durante un mes y medio nos escribimos: primeras preguntas, tanteos, respuestas evasivas de los dos. ¿Cuánto más podría postergarse el encuentro cara a cara? Una vez él me escribió:

—Cuando vi tu foto te imaginé con una boina roja, cubriendo el pelo rubio, alborotado. Como una maquis. 

Por fin quedamos en tomar un café, un viernes feriado de diciembre. Me moría por escuchar su voz; sabía que no sería capaz de resistir a la tentación de escucharlo para siempre si me hablaba del mismo modo en que me habían hablado por primera vez los ojos verdes.

La noche anterior salí con amigos: empezaban las despedidas del año. Me divertí, tomé ricos vinos, comí un helado. Ya de vuelta se me ocurrió entrar en su muro en las redes y curiosear sus fotos. En una encabezaba una manifestación, abrazado a otro hombre. Parece Vittorio Gassman  —pensé—, pero con ojos verdes. Seguí recorriéndolas  y de pronto apareció en una, teniendo del hombro a una mujer que parecía bastante mayor, ambos rodeados por dos hombres jóvenes, dos muchachos y un nene. La miré con atención, no me gustó. Le escribí de inmediato.

—¿Quién es la mujer a la que tenés del hombro?

—¿En qué foto?

—En una que parece ser una situación formal, ella es la única mujer.

—Es mi mujer, ¿quién va a ser?

—Ah  —el enojo y la decepción me derrumbaron—. No tenemos nada más que hablar. 

—¿Por qué?

—¿Cómo por qué? ¡Estás casado!

—¿Y acaso vos no?

—No. 

—¿Y quién es el que te tiene del hombro en una foto en la que estás con un pañuelo violeta al cuello?

—Fue mi pareja, pero murió hace cuatro años.

Pasó un rato hasta que volvió a escribirme. Mi enojo se dirigía alternativamente a mí, por haber sido tan estúpida y a él, por la trampa. Y la decepción al darme cuenta de que esos ojos verdes dejarían de llamar.

—Dale, tomemos un café mañana, como habíamos quedado. Hablemos. Y vemos.

—Bueno —aflojé.

—¿Te puedo pedir una cosa más?

—Hablar es gratis.

—Vestite de negro.

—Hasta mañana.

 

 

II

 

La mañana siguiente se presentó fresca y muy soleada. Me levanté temprano, como siempre. Desayuné tranquila, me di una ducha y abrí las puertas del placard. ¿Qué me pondría? Me probé dos pares de pantalones, uno de ellos, negro. Fue ese. Lo combiné con una blusa blanca, no me gustó. Después con una violeta: tampoco, parecía de luto. Saqué del cajón un tejido de hilo negro, sin mangas: me quedaba bien. Al cuello, una chalina color arena con dibujos negros. Sandalias negras, un blazer de verano negro. Apenas maquillada, como siempre, decidí caminar las quince cuadras que me separaban del café. Total, si llegaba tarde, él esperaría. Y si no, estaría más que claro que ahí no tenía nada que hacer. 

De lejos lo vi, sentado de espaldas en una de las mesas de la vereda. Parecía ser tan alto como en la foto de la manifestación. Me acerqué.

—Buen día.

Él se paró.

—¿Qué haces, Rusa? Sentate.

Fumaba. Vamos mal  —pensé.

—Te escucho.

—No sabía que esto es un confesionario —contestó.

—No, no soy confesora. Pero me mentiste.

—No te mentí. Fuiste vos la que recién ayer miró mis fotos. Yo no las oculté. Estaban bien a la vista. En cambio, yo sí miré las tuyas. Sos muy linda —y volvió a decir lo de la boina roja—.  Esperá. Voy a buscar algo al auto y vuelvo. 

Se paró, el auto estaba estacionado casi al lado de la mesa. Abrió la puerta trasera, sacó un libro y una pequeña escultura. 

—Es la maqueta de un monumento en homenaje a los desaparecidos de mi zona. Tendrá tamaño natural. Lo está haciendo una escultora checa que vive en Argentina desde la época de la guerra. Tiene noventa y pico de años. Hasta hace un año fui secretario de derechos humanos en mi distrito, y el próximo 24 de marzo se va a inaugurar el monumento. Será lo último que haga como trabajo, aunque militar, voy a seguir militando siempre. La militancia fue y es mi vida. 

Yo escuchaba. Cada tanto preguntaba para hacerlo hablar. Quería poder mirarlo a los ojos y escuchar su voz. Sin embargo al cabo de una hora, o quizás un poco más, le dije que tenía que irme. 

—Te llevo.

—No vale la pena, vivo a quince cuadras.

—Te llevo.

—Bueno.

Subimos al auto. Salió disparado por la avenida casi vacía. 

—Indicame.

—En el cruce doblá a la derecha, hacé seis cuadras y doblá a la izquierda. Hay semáforo pero tenés giro.

Manejaba rápido, seguro de sí mismo. 

—Una de las cosas que más me gustan es que me lleven a pasear en auto. 

—¿Manejás?

—Sí, sé manejar, pero hace mucho que no lo hago. En el divorcio el auto se lo quedó mi ex marido.

—Te voy a llevar a pasear. Un amigo mío vive en La Plata. Vamos a ir para que lo conozcas. 

Llegamos a la esquina de casa.

—¿Dónde vivís?

—Acá a diez metros. Estacioná cruzando.

Durante el trayecto le fui contando retazos de mi vida: de mis dos hijos ya independientes, que  vivía sola, que trabajaba en la facultad y en qué consistía mi trabajo, que escribía poesía. 

—¿Poesía? Mirá que leo mucho, todo el tiempo, pero no entiendo la poesía. Hay tantas cosas importantes sobre las que escribir…

—La poesía solo habla de cosas importantes. ¿Y vos, trabajás?

—Ahora no, estoy jubilado. Los últimos años, hasta que asumieron los macristas,  trabajé en derechos humanos en la municipalidad de mi zona. Pero sigo militando en el barrio. En el fondo, sigo siendo Montonero.

Se produjo un silencio tenso.  Esa palabra… ¿De qué hablaba?  No supe cómo seguir. Ese hombre me desconcertaba. 

—¿Militaste en Montoneros? 

—Sí, hasta fines del ’75. En el ’74 estuve preso. Por robar un auto.

Y se rió. Nuevo silencio.

—¿Cuántos nietos tenés? —pregunté por decir algo, recordando la foto de la discordia. 

—Seis. Tres varones y tres mujeres. 

—¿Cuántos años tienen? 

—El mayor… esperá que calculo, sí, 27. El menor, 10. 

—¿27? Casi la edad de mi hijo más joven. 

—¿Viste que el otro día hice bien en llamarte nena? Sos una nena, Rusa. Una nena rusa. Volvió a reír.

—No, no soy una nena. Me voy.

—No te bajés del auto sin darme un beso.

—¿Por qué habría de dártelo?

—Porque los dos tenemos ganas.

—Ganátelo, entonces.

 

 

Alicia Waisman

Nació y vive en Buenos Aires. Escribe poesía desde la adolescencia.  Es Licenciada en Ciencias Antropológicas y profesora de francés, lengua que habla, traduce y enseña.

Participó del taller Aníbal Ponce y luego, de los primeros años del taller Mario Jorge De Lellis, en los ’70. Posteriormente trabajó sus textos con Liliana Díaz Mindurry.

Publicó: "Ser Hablada" (Ruinas Circulares, 2012) y “Suite francesa (1857-1968)” (Barnacle, 2024). 

Los poemas dedicados a Emma Bovary que forman parte de “Suite Francesa (1857-1968)” fueron publicados en la antología “Mujer y Escritura – 35 autoras argentinas de hoy” por Fundación La Balandra. También integra “Poesía argentina del siglo XXI” (Clara Beter, 2025), antología elaborada por Luis Benítez.

 

 

Burak
Fecha5/5/2026
Tiempo de lectura1 min
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