El micro me dejó en la ruta, a unos cuatro kilómetros del pueblo, tendría que hacerlos a pie. En el andar sobre tierra se cruzaban liebres y polvareda. Había un tendido eléctrico y pilares con imágenes; presté atención a uno de los postes de luz para ver de qué se trataba. El hombre de la fotografía me parecía conocido, debajo podía leerse: Desaparecido. Cualquier información contactarse al siguiente número…
Esa imagen sobrevoló mi cabeza durante todo el camino, la cara tenía una apariencia familiar; juro haberlo cruzado en algún momento de mi vida, en la infancia, en algún bondi, en algún sueño, no sé, era una intriga.
Después de avanzar un largo trecho pude ver una mínima civilización, ya faltaba poco para llegar al pueblo.
Días atrás el llamado de un amigo Nacho interrumpió el sueño a las tres de la mañana, me invitaba a este lugar, según él, fuera de lo común. En dos minutos que duró su euforia, me contó las minas de acá son diferentes, van de frente, sin vueltas, no vas a poder creerlo, dijo, pero quiero que lo veas con tus propios ojos, venite.
Mi amigo es medio charlatán, pero la verdad es que desde que la imbécil de mi novia se fue, vivo en el fondo de una jarra de cerveza. Uno se mata laburando para mantener a una yegua que no sabe ni cocinar, así las paga, mandándose a mudar, tendría que haberle metido un sopapo, se lo tenía bien merecido la desagradecida, no me va a faltar oportunidad.
Llegué al pueblo y me senté en el primer bar que encontré, pedí una birra para sacar el calor. Se acercó una moza jovencita, bastante buena estaba, pero bajaba la mirada cuando le hablaba, parecía medio sumisa. Mejor dejarla pasar.
Llamé a Nacho un montón de veces para avisarle que había llegado pero el celular daba apagado. Así que le pedí a la moza si podía pasarme el dato de algún hotel para pasar la noche hasta poder ubicarlo. Esa información te la ofrece la dueña, dijo, señalándola detrás del mostrador.
Me topé con dos tetas gigantes sobre la barra que por un momento me hicieron quebrar la voz. Le pregunté sobre algún hotel para hospedarme y enseguida anotó la dirección en una servilleta; yo no dejaba de mirar sus pezones que se transparentaban bajo una telita blanca, ella no dejaba de mirarme a los ojos mientras con una risa burlona chasqueó sus dedos y me dio el papel:
Vaya con cuidado.
Salí del bar, la caminata se tornó extensa, con la advertencia de la dueña del bar aligeré el paso con cierto pánico, recorrí diez cuadras y por fin encontré el lugar.
Al tocar la puerta se asomó una señora; tendría unos 55 años, alta, robusta, de facciones duras, morena, cara de pocos amigos. Enseguida pidió con un tono mandón que completara el registro de alojamiento con los datos personales y cuántos días pensaba quedarme. Mientras la empleada aseaba la habitación, tomé asiento en un sillón y completé a puño y letra lo requerido.
Al cabo de veinte minutos el cuarto estaba disponible. Entré, tomé una ducha rápida y me tiré en la cama. Miré alrededor, no había lujos pero así estaba bien, lo necesario para una noche: una cama de hierro, una mesita de luz, un ropero y un cuadro en la cabecera del catre. Una pintura que resultaba extraña, era el cuerpo de un hombre quemándose en una hoguera. La verdad es que estaba muy cansado como para ponerme a analizar un cuadro, así que caí desmayado hasta el día siguiente.
A primera hora de la mañana me despertó el calor y el sonido oxidado de un ventilador que no lograba apaciguarlo. Fui a desayunar al comedor, estaba solo, pedí un café con dos medialunas a la empleada, sirviéndome a desgano acotó que el desayuno incluía una sola medialuna, así que tuve que pagar mi segunda porción. Empecé a comprender por qué era el único huésped del hotel.
Al segundo sorbo llamé a Nacho, pero el celular seguía apagado. Empecé a preocuparme, ¿para qué me haría venir a este pueblucho y apagaría el teléfono, le habrá pasado algo? Pregunté por él en el hotel, si se había hospedado en algún momento, pero nada.
Ya estaba acá, en este pueblo de mala muerte, mi única opción era conocer el lugar y esperar encontrarlo.
Comencé por el núcleo de cualquier localidad, la plaza, que en el centro tenía la estatua de una mujer desnuda con los brazos en alto; un puño cerrado y cadenas rotas en el otro.
Frente a la plaza había una gran biblioteca, una comisaría y, lo curioso, no había iglesia.
Centré mi atención en la comisaría, era la oportunidad para encontrarlo, así que crucé la calle, dos mujeres policías escoltaban la dependencia. Ni bien puse un pie en la entrada, una de ellas interfirió alzando la mano y preguntando:
Señor, ¿a dónde cree que va sin pedir permiso?
¿Ahora hay que pedir permiso a estas dos para entrar en una dependencia pública? —pensé por dentro— guardé la bronca y le comenté que buscaba a un amigo llamado Nacho, si lo habían visto, dándoles algunos datos para ubicarlo. Les comenté que él debía estar ahí hace unos días, que no podía comunicarme. Con un aire sobrador respondieron que jamás lo habían visto, que en ese lugar hubieran reconocido a cualquier turista porque eran muy pocos los que lo visitaban.
Salí de la comisaría más preocupado que antes, ¿dónde estaría mi amigo y por qué no había un sólo hombre policía?
Caí desolado en un banco de la plaza, el calor era tan agobiante que tuve que sacarme la musculosa y quedarme en cuero. Por poco no me quito también la bermuda.
Me clavé varias latas de cerveza, seguí insistiendo al celular de Nacho, pero nada.
Al rato pasa un jeep con cuatro minones, me miran y piropean. Después de escuchar de la boca de señoritas tantas groserías no pude más que bajar la mirada, ese instante era el paraíso de cualquier tipo, sin embargo, me sentí un boludo, irreconocible. Volví a ponerme la musculosa.
Decidí salir de ahí, caminar esas calles empedradas, todas portaban nombres de mujeres desconocidas, a mi entender, tal vez algún que otro nombre me pareció haberlo escuchado en las noticias pero no logré recordar de quién se trataba, yo también me sentía un desconocido.
Volví al bar de la noche anterior, quizás tendrían alguna novedad, pero no habían visto a nadie. Era muy raro que Nacho no pisase el único bar.
Mientras pateaba sólo cruzaba chicas mirándome de arriba abajo, como lobas en celo.
Ahí me cayó la ficha, mi amigo estaba en lo cierto, era un lugar fuera de lo común.
Estuve dos horas recorriendo el pueblo hasta que dos pibas paran el auto, medio en pelotas, me preguntan si buscaba a Nacho, les contesto que sí, ¿lo conocen?, claro, está con nosotras, dicen, te llevamos si querés; este desgraciado estaba enfiestado mientras yo me preocupaba por él, pensé.
Subí al auto sin dudar un instante, mientras una manejaba, la otra se sentó al lado mío, no paraba de mirarme y acariciarme, y yo, ni lerdo ni perezoso, entré en su juego.
Nos alejamos un buen tramo y llegamos a una casa en el medio de la nada, sirvieron más cerveza, música a fondo y empezaron a tocarme.
No sé en qué momento me dormí.
Escucho voces de sufrimiento, gritos de hombres; me siento fuera de mi cuerpo; me miro, hablo pero la voz no sale de mi garganta. Mi cuerpo está tirado entre las hierbas vírgenes, está entumecido, inmóvil, quiero levantarlo, quiero volver a él pero ya es inútil, perdí su rastro.
De pronto soy sólo átomos jugando a levitar. Me suspendo frágil en el aire y quedo atrapado en la fotografía de un pilar, viendo a un flaco que baja de un micro, detiene su paso frente al poste a observar un retrato.
Vive en Ranelagh, es profesora de química y se dedica a la docencia en nivel secundario. “Escribo en el desorden cotidiano de la casa. Escribir significa visibilizar a todas las mujeres que han habitado por generaciones en mi, revelar en palabras los gritos dormidos en mi garganta“.


